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Las mil vidas de Berta Cáceres

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Revista Factum cierra el especial de cobertura sobre el asesinato de Berta Cáceres con el relato de lo que vivieron dos de nuestros periodistas, quienes viajaron a Honduras a finales del mes de marzo para conocer de primera mano la historia de la activista de origen lenca, asesinada en su casa de La Esperanza, Intibucá, pese a ser dueña de un alto perfil internacional y de haber denunciado en distintas oportunidades acerca de las amenazas que acechaban su vida.


La Esperanza no es tan esperanzadora en un país mortífero para los movimientos ambientalistas, donde al menos 109 activistas que dedicaron su vida a proteger los recursos naturales fueron asesinados entre 2010 y 2015, según la ONG Global Witness. Es también el mismo país que ocupa la preocupante posición 107 en la Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa 2016, de acuerdo a Reporteros Sin Fronteras. Es Honduras, un país que –en muchos matices– pareciera haberse quedado entrampado en tiempos donde la coacción militar funge como catecismo represor para aquellos a los que les tocó habitar en el lado oscuro del mundo.

Ubicada a 1700 metros sobre el nivel del mar, La Esperanza se erige como la cabecera del departamento de Intibucá, un lugar provisto de aldeas y caseríos que exhalan bocanadas frías que desafían al calor agobiante del resto del país. Era este el hogar de Berta Isabel Cáceres Flores, la activista hondureña de prestigio internacional, ganadora del Premio Goldman, y cuyo asesinato indignó a mucha gente. Esa indignación marcó a colectivos feministas hondureños, lencas, garífunas y de resistencia política. Incluso llegó hasta el popular actor de Hollywood, Leonardo DiCaprio, quien apenas cuatro días después de ganar el escurridizo Premio Óscar, ocupó su cuenta de Twitter –y que utiliza en gran medida para difundir su vocación ambientalista– para señalar la tristeza que vivió al enterarse del homicidio de Berta.

“Increíblemente triste noticia de Honduras esta mañana. Todos debemos honrar las contribuciones valientes de Cáceres”

– Leonardo DiCaprio

Así que en Revista Factum decidimos ir a conocer la historia de primera mano, aunque la cobertura no inició en La Esperanza, sino en Tegucigalpa, la capital del país, donde nos reunimos con colegas periodistas para sondear la situación de Honduras por entonces, a casi un mes del homicidio que mantenía en efervescencia la coyuntura política y judicial del mandato del presidente en funciones, Juan Orlando Hernández. A comienzos de marzo, nuevamente las antorchas tomaron posesión de la ciudad cuyas callejuelas constituyen una giba de camello pavimentada. Las marchas de distintas organizaciones defensoras de derechos humanos y movimientos sociales demandaban al Estado la urgente investigación del caso y la protección de la familia de Berta Cáceres. El análisis de los colegas consultados apuntaba a que se trataba de un crimen que buscaba aplacar al Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH), una organización co-fundada en 1993 por Berta Cáceres, Salvador Zúniga (ex esposo de Berta) y otros activistas de alta repercusión en los movimientos indígenas hondureños.

“Mañana va a haber una caravana del COPINH en La Esperanza. Deberían ir allá”, nos sugirieron, así que en la mañana del jueves 31 de marzo abordamos uno de los autobuses de Transportes Carolina (“Los Esperanzanos”), que en cuestión de cuatro horas nos trasladó a las montañas de “la ciudad del manto blanco”, al sur-occidente de Honduras.

Fue llegar a La Esperanza y avistar de inmediato la imagen del rostro de Berta Cáceres en algunas de las pintas realizadas en las paredes del pueblo, un lugar de relativa calma, que vive ensimismado en las rutinarias ocupaciones de sus habitantes. Imaginábamos entonces a “la caravana” del COPINH como un grupo numeroso de gente que marcharía por las calles rompiendo el silencio, pero al llegar al lugar y comenzar a preguntar por la actividad, nadie parecía saber de qué les hablábamos. Consultamos al respecto al primer taxista que encontramos y él se mostró parco, aunque curioso por saber quiénes éramos, qué andábamos haciendo y porqué andábamos preguntando sobre Berta Cáceres. Nos dio su número telefónico y nos dijo que él mantenía contacto con gente del COPINH. Sin embargo, la desconfianza era mutua. Más tarde volveríamos a encontrarnos, sin saber que de ese encuentro ambas partes habríamos almacenado la preocupación de haber intercambiado información que quizás lo más prudente era no compartir con desconocidos.

Después de instalarnos en el Hotel “San Francisco de Asis”, nos dirigimos al Parque Central de La Esperanza, en busca de los primeros contactos que pudieran hablarnos sobre la vida de Berta Cáceres. Aquello fue una mala decisión. Debido a las medidas extraordinarias de un país sumamente violento, el Centro Penal de La Esperanza (ubicado justo frente al parque) es uno de los 24 centros penales hondureños que poseen un bloqueo de la señal de teléfonos celulares. El lugar, además, es un punto de concurrencia de la Policía Militar hondureña, que genera una evidente desconfianza entre la gente del COPINH, la familia y amistades cercanas de Berta Cáceres. Decidimos visitar entonces la famosa ermita lenca de La Gruta y la ubicación de uno de los dos cementerios que posee el pueblo. Buscábamos la cripta de la ambientalista, el lugar en donde apenas 27 días antes se había congregado una multitud de miles de personas para despedirla.

Vista panorámica de la avenida que conduce hasta ''La Gruta'' en La Esperanza, departamento de Intibuca, Honduras, donde el 6 de marzo de 2016, miles de personas acompañaron el féretro de la activista asesinada, Bertha Cáceres. Foto FACTUM/Salvador MELENDEZ.

Vista panorámica de la avenida que conduce hasta ”La Gruta” en La Esperanza, departamento de Intibuca, Honduras, donde el 6 de marzo de 2016, miles de personas acompañaron el féretro de la activista asesinada, Berta Cáceres.
Foto FACTUM/Salvador MELENDEZ.

Cuando comenzaba a anochecer, y luego de mucho hermetismo y razonables dudas, la gente del COPINH decidió atendernos y contestar nuestras preguntas. Cuatro mujeres arrechas y sonrientes viajaban en un taxi conducido por el mismo personaje que recién conocimos al llegar al pueblo. El tipo respiró aliviado al darse cuenta de que, en efecto, sí éramos periodistas. En La Esperanza, al hablar de Berta Cáceres se sospecha de todo y se desconfía de todos. Después de una moderada espera, un taxi pasó por nosotros. En plena oscuridad y haciendo caso omiso de cualquier protocolo de seguridad, permitimos que un desconocido nos transportara por una vereda oscura, a las afueras de La Esperanza. La paranoia era ya contagiosa.

El viaje condujo hacia el Centro de Encuentro y Amistad “Utopía”, el centro de capacitación que sirvió por mucho tiempo como epicentro laboral de Berta Cáceres y sus compañeras de lucha. Ahí nos atendió Marleny Reyes Cáceres, hija de uno de los fundadores del COPINH y quien ha dedicado toda su vida a la causa de este Consejo Cívico. Pese al reciente impacto del asesinato de Berta, lo primero que nos dijo su compañera y amiga, Marleny, cuando le preguntamos cómo la recordaba, fue en una condición igualitaria.

“Se le recuerda como una mujer más, una mujer indígena lenca que ha estado a la par de nosotros. (Una mujer que) nace en la primera lucha del COPINH, en la lucha del acerradero de Yamaranguila (Intibucá), en defensa de la madre naturaleza, de los bienes comunes, de nuestros propios derechos, desde nuestra identidad, nuestra propia autonomía y cosmovisión ancestral como indígenas lencas”.

– Marleny Reyes Cáceres, miembro del COPINH.

Marleny definió a la vida de Berta Cáceres como una lucha de resistencia pacífica contra la minería y los proyectos extractivistas que, a su juicio, han ocasionado la muerte de muchos de sus compañeros. “Por ser defensor de los derechos del pueblo indígena, el COPINH es una piedra en el zapato para el gobierno. Siempre vamos a sufrir amenazas y con estos asesinatos han querido callarnos. Quieren debilitar nuestra lucha”, explicó.

Marleny (tercera de izquerda a derecha) es una de las activistas del COPINH y habla con otros agremiados en la sede ''Utopía''. Foto FACTUM/Salvador MELÉNDEZ.

Marleny (tercera de izquerda a derecha) es una de las activistas del COPINH y habla con otros agremiados en la sede ”Utopía”. Foto FACTUM/Salvador MELÉNDEZ.

La familia

El núcleo cercano a Berta Cáceres le recuerda como una mujer que desde pequeña se entregó a la lucha de los más desfavorecidos, como por ejemplo, cuando asistía a su mamá, doña Austra Berta Flores López, quien era partera y asistía a miles de mujeres refugiadas que huían de la guerra civil en El Salvador. O cuando se enamoró de Salvador Zúniga (desde el momento en que compartieron vivencias en el colegio). A los 17 años, Berta se casó por lo civil con Salvador y juntos se fueron a pelear como guerrilleros de la Resistencia Nacional (RN), uno de los cinco grupos armados de izquierda que conformaron el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), en el conflicto armado de El Salvador. Ahí Berta adquirió el pseudónimo de “Laura” y Salvador el de “Roque”. Ahí concibieron juntos a Olivia Marcela Zúniga Cáceres, la mayor de cuatro hijos (que completan Bertita, Laura y Salvador). Olivia recuerda a su madre como “una mujer sencilla en el vestir y en el tener, pero a la vez (era) una mujer tremendamente valiosa que no se puede encapsular”.

Al día siguiente de visitar Utopía, fuimos recibidos en la vivienda de la familia de Berta Cáceres, un hogar amplio y humilde que aún guarda antigüedades de un pasado tumultuoso, un hogar que recibe visitas constantes de personalidades que buscan empaparse de (o colaborar con) la perpetuidad de la memoria de “la sura”, la menor de los doce hijos que tuvo doña Austra. Ellos son Nery, Joaquina, Hasel, Julio, Carlos (fallecido), Agustina, Isis, Roberto, Lucila, Francisco, Gustavo y Berta.

Afuera de la vivienda vigilaba de cerca una patrulla de la Policía Nacional hondureña. Conscientes de ello, a sabiendas de que se les escuchaba y se les vigilaba, los familiares de Berta prefirieron realizar la entrevista en el interior de la casa y no en el patio exterior. Ahí supimos que, años atrás, el azar en una de las tantas vidas de Berta Cáceres pudo haberle tejido un destino muy diferente.

Sucede que una de las hermanas de Berta posee residencia en Estados Unidos y en 1988 inició un proceso en ese país para reclamar a dos de sus hermanos, para que pudieran abandonar Honduras, ya que vivían una situación de riesgo bastante apremiante. Berta y su hermano, Gustavo, se encontraban en el edificio de la embajada estadounidense en un momento muy delicado en la historia hondureña: justo cuando Ramón Matta Ballesteros fue apresado por alguaciles de los Estados Unidos, y enviado a ese país bajo cargos de narcotráfico, así como por el secuestro y asesinato de Enrique Camarena Salazar, un agente encubierto de la DEA. Aquel suceso provocó que miles de hondureños salieran a las calles a protestar, reclamando por una injerencia extranjera que violaba la Constitución del país. Los disturbios llevaron incluso al incendio del anexo de la Embajada de Estados Unidos en Honduras. El azar quiso que, justo en ese momento y en ese edificio, se encontraran doña Austra, Bertita y Gustavo, quienes debieron abandonar con urgencia ese lugar. La historia hubiera sido muy distinta si sus documentos para viajar a Estados Unidos no se hubieran perdido en aquella crisis. Finalmente, cuando poco tiempo después ambos iniciaron de nuevo el trámite, Bertita estaba ya desmotivada y abandonó el proceso. No hubo migración al país del que años más tarde procedería el núcleo de la problemática de sus luchas.

La familia de Berta recuerda mucho su sencillez, como el episodio de abril de 2015, cuando fue galardonada con el Premio Medioambiental Goldman (el máximo reconocimiento mundial para activistas de medio ambiente) y ella se encontraba incómoda con la vestimenta formal que requería la ceremonia. “Ella deseaba ponerse sus tenis, sus jeans y su camisa. Decía que estaba incómoda con aquel vestido”, recuerda Hasel Cáceres, cuya hija menor (Danelia) tuvo una gran conexión con Berta en su infancia y adolescencia. Durante la entrevista compartieron fotografías de infancia, pero también —y con mucho orgullo— la imagen del encuentro que la activista sostuvo en octubre de 2004 con el Papa Francisco, en el “Encuentro con los movimientos populares”.

Dos semanas después de ocurrido el asesinato de Berta, el Cardenal Peter K.A. Turkson, escribió una carta (a nombre del Vaticano) en la que enviaba sus condolencias a la familia doliente.

Reproducción de la carta de condolencias de El Vaticano enviada por el Cardenal Peter K.A. Turkson a la familia de Berta Cáceres. Foto FACTUM/Salvador MELÉNDEZ.

Reproducción de la carta de condolencias de El Vaticano enviada por el Cardenal Peter K.A. Turkson a la familia de Berta Cáceres. Foto FACTUM/Salvador MELÉNDEZ.

Foto reportaje sobre Berta Cáceres from Revista Factum on Vimeo.

El homicidio

El primer día de marzo, uno antes de ser asesinada, Cáceres llevó a Laura al aeropuerto. Su hija, una chica de 23 años, viajaría a la Ciudad de México para continuar sus estudios. Al despedirse, le dijo: “Si me pasa algo, no tengás miedo”. Varias personas cercanas a Berta confirman que ella estaba atemorizada por las constantes amenazas de muerte que había recibido. “Ella sí temía. Yo sentía que últimamente Bertita tenía mucho temor. Incluso había puesto más de 30 denuncias y había buscado de parte de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos para que se le diera protección, una protección que fuera fuerte. Sin embargo, el Estado de Honduras no cumplió, porque precisamente ellos son los autores de toda la entrega de este país. La entrega de los ríos, por ejemplo. Y eso ha sido de una manera inconsulta, para hacer esas grandes represas”, declaró a Factum doña Austra Flores, la madre de Berta Cáceres.

Al mediodía del día siguiente, Cáceres se detuvo para firmar algunos cheques en Utopía. Ahí le dijo a Lilian Esperanza, amiga de confianza y coordinadora financiera del COPINH, que sería bueno planificar por si acaso ella llegara a estar ausente y facultar la posibilidad de que otra persona pudiera firmar los cheques. Parecía evidente que tenía miedo.

Apenas dos días antes de que cumpliera 45 años, a las 23:40 del miércoles 2 de marzo, Berta Isabel Cáceres Flores fue asesinada en su casa. Recibió tres disparos de al menos dos sicarios que ingresaron a su habitación en la vivienda donde (en otra habitación) también se encontraba el activista y ecologista mexicano Gustavo Castro (Director de la entidad Otros Mundos Chiapas), quien por esas fechas visitaba La Esperanza para impartir un taller a integrantes del COPINH.

Castro cuenta que se echó a un lado de la cama e instintivamente se cubrió con las manos. Una bala le rozó el nudillo del índice izquierdo, sin hacer impacto en su frente. En cambio sí le rasgó la oreja izquierda y llenó todo de sangre, lo necesario para que el sicario pensara que no habría testigo alguno del homicidio.

“Simplemente (los sicarios) entran muy rápido e intempestivamente… Al menos dos tipos y de manera simultánea en las dos habitaciones. A Berta la logran asesinar. Y a mí, aparentemente para ellos, quedo muerto… y no se dieron cuenta de que había sobrevivido a este ataque… Pero todo pasó de una manera muy rápida, muy intempestiva”.

– Gustavo Castro

Horas antes, tal y como Gustavo Castro narró a El País, los dos activistas habían llegado a la casa de Cáreces en un Volkswagen gris. Antes habían pasado un tiempo en Utopía, en casa de doña Austra y habían cenado en el restaurante El Fogón. La casa de Berta está ubicada en las afueras de la zona más habitacional, en un campo muy solitario. Gustavo recuerda haberle comentado esto a Berta al conocer el lugar. El activista mexicano recuerda que cada quien se fue a dormir a sus habitaciones y que al cabo de un rato se escuchó un estruendo. A cada habitación ingresó rápidamente un sicario. Uno de ellos le disparó a Castro, él fingió estar muerto y esperó que los asesinos abandonaran la casa. Con miedo fue a buscar a Berta, quien resistió apenas un minuto más y murió en sus brazos, mientras le pedía a Gustavo que contactara por teléfono a Salvador Zúniga, su antigua pareja y padre de sus hijas.

Detalle de la pequeña cruz metálica con el nombre de Berta en el Cementerio Municipal de La Esperanza, Honduras. Foto FACTUM/Salvador MELÉNDEZ.

Detalle de la pequeña cruz metálica con el nombre de Berta en el Cementerio Municipal de La Esperanza, Honduras. Foto FACTUM/Salvador MELÉNDEZ.

La actualidad

El lunes 2 de mayo se dio a conocer en Honduras la “Operación Jaguar”, que dejó como saldo la captura de cuatro supuestos implicados en el crimen de Berta Cáceres. En la operación que ejecutaron en Tegucigalpa, La Ceiba y Trujillo participaron elementos de la Fuerza Nacional Interinstitucional (Fusina), Agencia Técnica de Investigación (ATIC) y Fiscalía Especial de Delitos contra la Vida (FEDCV).  Los capturados fueron: Douglas Bustillo, Mariano Díaz Chávez (mayor del ejército hondureño), Edilson Duarte (capitán retirado) y Sergio Rodríguez (ejecutivo de Desarrollos Energéticos S.A. «DESA», la empresa desarrolladora del proyecto Hidroeléctrica Agua Zarca).

Una semana después, y de acuerdo a una publicación del periódico El Heraldo basada en una fuente anónima que filtró información de la declaración de uno de los militares capturados, este habría confesado que le pagaron al menos 22 mil dólares (500 mil lempiras) por asesinar a la coordinadora del COPINH. El lunes 16 de mayo, un juez dictó detención judicial contra Emerson Eusebio Duarte Meza, quinto imputado en el caso. Cuatro días después fue dictado auto de formal procesamiento y prisión preventiva en contra de Duarte.

En la actualidad, la familia de Berta Cáceres –así como miembros del COPINH y otras agrupaciones en defensa de los recursos naturales y la protección de los derechos humanos del pueblo lenca– exigen que se investigue a más empleados de la empresa DESA, que a su vez salió al paso de las acusaciones, en especial por la captura de Sergio Rodríguez, quien ejercía como gerente en temas sociales y medioambientales de la empresa. En el pronunciamiento (publicado el lunes 2 de mayo, día de las capturas, “Hidroeléctrica Agua Zarca ratifica que bajo ningún concepto es responsable ni tiene vínculo material e intelectual con el asesinato de la líder indígena Berta Cáceres”.

Diez días más tarde, DESA liberaría un nuevo comunicado, en el que afirmaban lo siguiente:

“Después de un riguroso análisis, comunicamos que el proyecto Hidroeléctrica Agua Zarca entrará en una fase de revisión, durante la cual se realizará un nuevo proceso de socialización con todos los actores y se fortalecerán los aspectos que contribuyen al desarrollo y bienestar de los hondureños”.

En el final de nuestra cobertura del caso en Honduras, fuimos testigos (en Tegucigalpa) de una marcha más de diversos movimientos sociales que han adoptado a Berta Cáceres como nuevo símbolo de la exigencia del fin de las injusticias cometidas contra el sector más vulnerable del pueblo hondureño. En la marcha del viernes 1 de abril, los manifestantes se dirigieron a las instalaciones del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), que junto al Banco Holandés para el Desarrollo (FMO) y el Fondo Finlándes para la Cooperación Industrial (FINNFUND) ha aportado apoyo financiero al proyecto Hidroeléctrica Agua Zarca. Dicha marcha fue encabezada por Olivia Marcela Zúniga Cáceres, la hija mayor de Berta Cáceres.

Manifestantes universitarios parte de ''Los Indignados'' lanzan pintura en la fachada del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE) en Tegucigalpa, Honduras, como parte de las protestas por el crimen de Berta Cáceres. Foto FACTUM/Salvador MELÉNDEZ.

Manifestantes universitarios parte de ”Los Indignados” lanzan pintura en la fachada del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE) en Tegucigalpa, Honduras, como parte de las protestas por el crimen de Berta Cáceres. Foto FACTUM/Salvador MELÉNDEZ.

Cuando le consultamos sobre la memoria que guardará de ahora en adelante sobre su madre, Olivia declaró lo siguiente:

“A mi madre la encontramos viva en la luchas del pueblo, en las personas que la reivindican y asumen su legado y el compromiso colectivo por el bien de la humanidad en la defensa de los bienes naturales. Pero bueno… Nuestra madre no era solo indígena, no era solo feminista, no era solamente una mujer del movimiento social. Era una lideresa mundial que hizo un surco por toda la tierra y sembró su semillita en todos los corazones. Y es por eso que ahora esa semilla resurge con toda la solidaridad, con toda la indignación… ¿Y porqué no decirlo? Con todo el dolor que genera una gran pérdida para la humanidad”.


VEA ADEMÁS:

– “Nunca imaginé enterrar a mi hija el mismo día de su cumpleaños”

– El homicidio de Berta Cáceres

– Berta Cáceres, la galería de fotos

– Berta Cáceres hecha pinta, pancarta, memoria

– Berta del río Gualcarque

– Indignación en Washington por asesinato de activista hondureña

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