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Belice, la tierra prometida de los desplazados salvadoreños

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Miles de refugiados salvadoreños llegaron a Belice durante el conflicto político-militar de los ochenta. Ahí se les acogió, se les dio tierra y se les llamó beliceños. Ahora una nueva ola de violencia atormenta al país más chico de la región y nuevamente las brújulas apuntan hacia este norte, al rincón selvático y caluroso, que ya les dio cobijo en una ocasión. 

Fotos FACTUM/Salvador Meléndez


En agosto de 2014 al hermano de Alma los pandilleros le dieron varios balazos mientras manejaba su moto taxi en un pueblo de El salvador. Las balas no lo mataron de inmediato, y el hombre quedó boqueando, dicen sus familiares, como los peces fuera del agua. La ambulancia tardó mucho  y el joven de 23 años murió desangrado antes de llegar al hospital. Alma y su familia huyeron porque temían ser los próximos.

Jaime también tuvo que irse de su país en junio de 2016. Los pandilleros de su colonia, en San Salvador, le exigían una cuota demasiado alta para su pequeño negocio de venta de hamburguesas y hot dogs. Salvó la vida de milagro la noche que llegaron a matarlo un puñado de chicos que él había visto crecer. Al siguiente día vendió todo y se fue cargando a su niña de 6 años fuera de El Salvador, lejos de esa jauría de adolescentes que arrasaron con su negocio.

Wendy, de 9 años, también tuvo un problema, uno gordo, con la “Mara Salvatrucha13” hace unos pocos meses. Pidió ayuda a la policía pero fueron ellos mismos quienes le dijeron que se fuera, que salvara su vida. Entonces tuvo que escapar junto con sus padres y su abuela para sobrevivir.

Lo mismo pasó con  Marlon, Jessica, Carlos, Bryan y el joven agricultor del occidente salvadoreño que se fue para no terminar, como varios de sus amigos, bajo la tierra que cultiva, en un cementerio clandestino de la pandilla Bario 18.

Todo ellos se fueron a Belice. Sin saber muy bien dónde encontrar el pedazo de tierra que esas seis letras nombran.

Belice, refugio de paz

Entre la selva y los campos de maíz de la colonia de menonitas, a una hora en camino de tierra desde Belmopán, está Valle de Paz. Un lunar de población salvadoreña en medio de la selva.  Estas familias escaparon de El salvador en la década de los ochenta. En plena guerra civil no era fácil saber de dónde vendrían las balas ni qué ideología tendrían los que te sacarían  por las noches. Muchos pueblos y ciudades quedaron arrasados por los bombardeos, otros se volvieron pueblos fantasmas después de que la población decidiera irse en masa hacia un lugar menos inseguro. El ejército reclutaba a los chicos a partir de los doce años o desde que pudieran tomar un fusil. La guerrilla hacía lo mismo y para quienes no estaban con ninguno de los dos bandos no había lugar en El Salvador.  La única opción para estos, que no eran gente de guerra, fue huir. Llevarse lo que cupo en las mochilas y salir del país.

A diferencia de otros campos de refugiados como Mesa Grande, en Honduras, o los campos nicaragüenses,  Valle de Paz no era un campo afín a la guerrilla, no venían de un solo lugar ni estaban organizados en torno a ninguna ideología. Eran simplemente familias huyéndole a la muerte desde todos los rincones de El Salvador.

De una casa de patio amplio sale Don Cirilo. Saluda como si me conociera y se acerca al portón. Me brinda una mano callosa y artrítica y cuando le digo que soy salvadoreño suelta una risotada.

—¡A pues! este es mi pueblo, y si usted es salvadoreño es el suyo también.

Sus manos, de tanto cargar la cuma y el machete, han perdido las huellas dactilares. Su familia fue una de las tres primeras  en asentarse en este lugar.

El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), junto con el gobierno de Belice, cedió un vasto terreno selvático a los salvadoreños.  No era gran cosa pero era plano y la tierra ahí era fértil. Lo atestiguaban los enormes árboles centenarios y el verde impenetrable de la vegetación. Si eso era capaz de crecer ahí, silvestre y olvidado, cómo no crecería una milpa bien cuidada. Y así fue que luego de esas tres familias llegaron otras tres, y luego veinte y luego cincuenta, y luego…

Belice es el país más salvadoreñizado del mundo. En porcentaje los salvadoreños componen el 16% de la población total del país.  Y esto solo de la población que reside bajo alguna de las formas legales. Hay miles que viven indocumentados y de ellos no hay registro. El otro 80% lo conforma una ensalada étnica muy rica y muy difícil de entender. El grueso de la población son creoles, es decir, descendientes  de los esclavos negros que llegaron con los colonizadores ingleses. Pero también hay  un 2% de población china y otro tanto de garífunas, mayas, indios y los descendientes de una antigua migración de alemanes, los menonitas, la élite agroexportadora del país. Belice parece haberse formado con los sobrantes étnicos de muchos lugares.

Un menor residente en Valle de Paz carga unas cajas vacías mientras camina hacia la clínica de la comunidad, la cual fue construida para los refugiados salvadoreños que llegaron huyendo del conflicto armado de los ochenta.
FOTO FACTUM/Salvador Meléndez

En Valle de Paz  las calles son de tierra, esa tierra blanca y arcillosa que no levanta polvo, y las casas están construidas  al estilo del campesino salvadoreño: de adobe, un sistema que básicamente consiste en moldear la tierra mojada hasta convencerla de convertirse en ladrillo. Atrás tienen enormes solares con animales y alguna hamaca. En algunas todavía se puede ver el modelo habitacional del campo salvadoreño: un solo cuarto sin divisiones y el  baño afuera. El único bus viejo y destartalado que llega hasta acá, manejado -por supuesto- por su propietario salvadoreño, va dejando y recogiendo gente mientras va sonando sus latas como si fuese maldiciendo los caminos.

A la casa de don Cirilo llega don Joaquín. Es un hombre muy muy pequeño de casi ochenta años, viene en bicicleta y va ataviado con un sombrero y zapatos burros.  Inmediatamente llegar comienza a contarme historias que su octogenario amigo ameniza con sonidos y aplausos. Sospecho que alguien le avisó de mi llegada y se vino a toda prisa alentado por la esperanza de contar “pasadas”.

Mire, cuando llegamos, esto era monte. Era selva pues, pero con trabajo duro nosotros mismo la fuimos haciendo a nuestro modo. Los morenos nos molestaban al principio pero nunca se metieron con nosotros. En los buses quizá nos decían alguna cosa, pero algo de miedito también nos tenían. Porque si algo tiene el salvadoreño es que nació con los huevos en el puesto.

No hay mucho que contar. La vida de Valley of Peace, como reza el cartel  a la entrada, ha trascurrido entre la milpa y la misa o el culto evangélico, entre  las lluvias y el andar cadencioso y apacible de las vacas.  Los dos viejos cuentan que ahí donde ahora hay una glorieta con juegos de madera para los niños, antes había una gran tomatera… pero que ahora está en otro lado. Dicen que los jóvenes ahí son buenos trabajadores. No andan en malos pasos ni inventando tonteras. Trabajan y punto, y si trabajan lo suficiente pueden formar un hogar, donde criarán hijos que a su vez serán buenos agricultores. Les pregunto por los homicidios y señalan en dirección a Belmopán, donde ocurrió el hecho que está conmocionando a la comunidad beliceña. El homicidio bajo extrañas circunstancias del Pastor Lucas, un conocido pastor evangélico. No, les pregunto por los homicidios en Valle de Paz.  Y por primera vez se quedan callados. Don Cirilo mueve su boca sin dientes en un masticar fantasma y me mira muy extrañado. Don Joaquín me dice que acá no hay de eso, en tono paternal, como si hubiese yo preguntado una estupidez.

Les pregunto por los salvadoreños que están llegando, los que huyen de las pandillas. Pero ese tema no les gusta, le rehúyen. Ellos viven en paz desde los ochenta y creen que eso cambiará con la llegada de nuevos  salvadoreños.  Hablan de estos nuevos refugiados como portadores de un virus muy contagioso. El virus de la violencia. Al final don Cirilo me dice que ahí son pocos los que llegan, pues la mayoría de los refugiados se van a vivir a Docrón, un asentamiento muy pobre atrás de los enormes campos de maíz de la élite menonita. Me dicen que si quiero encontrar refugiados salvadoreños debo ir a Docrón.

La entrada a Valle de Paz recibe a los visitantes con un pequeño letrero pintado sobre un pequeño mural. Es uno de los principales asentamiento de salvadoreños que llegaron a Belicie durante los convulsos años del conflicto armado.
FOTO FACTUM/Salvador Meléndez

Alma

A una hora en bus de Belmopán, la capital administrativa de Belice, hay un cruce de caminos. El bus sigue de largo hacia la ciudad de San Ignacio Cayo. Ese cruce se llama Black Man guili. Bautizado así por un hombre negro que se ahogó hace muchos años en un remanso del rio Belice. Es una calle larga. Y extraña. De pronto se ven carretas con hombres blancos vestidos al estilo de la Alabama del siglo XIX.

Si el viajero no quiere pasarse horas de caminata bajo un sol inclemente debe pedir aventón a los granjeros que pasan en sus carretas o sus tractores.  Al cabo de unos kilómetros aparece un monumento que da la bienvenida a Spanish Lookout. Esta es una comunidad de menonitas que llegaron a este paraje caribeño a principios del siglo XX huyendo de ciertas condiciones adversas en Winnipeg, Canadá. Pidieron tierras y prometieron hacerlas producir a cambio de, entre otras cosas, no ser molestados por la población local. La colonia Spanish Lookout permaneció muchos años en un hermetismo que hizo que se levantaran toda clase de leyendas en la población criolla local. Es una villa campesina al estilo europeo. Con grandes y hermosas casas de madera, con silos plateados y enormes graneros color rojo. El pasto es verde y de algunos árboles cuelgan hamacas o columpios para los niños.  Más adelante, como a una hora de caminata a paso rápido, se encuentra uno con el sostén de este paraíso. Enormes campos de maíz que llegan hasta donde se pierde la vista. El camino sigue y las casas se van terminando y solo queda maíz. Maíz a izquierda y maíz a la derecha. Luego de eso está Docrón.

Es una aldea distinta. Con casas de madera maltrecha y pequeñas chabolas en medio del monte. Acá viven  los trabajadores.  La mayoría son “españoles”, como llaman los beliceños a todos los hispanohablantes. Algunos perros raquíticos salen al paso y tratan de morder. Algunas charcas albergan su caudaloso cultivo de zancudos y el monte y la selva se abren paso más enérgicamente que en la colonia. Al fondo de uno de esos caminos, en medio de sendos charcos, hay una casa muy humilde. En el frente juegan descalzos  unos niños delgados y desnutridos. Ahí vive Alma y su familia. Alma y su hermana salen al encuentro. Al principio están asustadizas y ariscas.  Con todo el recelo que pueden tienden una silla y buscan unas para ellas y hablan.  Viven en este país desde hace dos años. Acá nació el último niño de una de ellas que ahora tiene nueve meses. Llegaron huyendo de la muerte. Vivían antes en la ciudad de Zacatecoluca, en el departamento salvadoreño con el nombre más paradójico dada sus condiciones: La Paz.  De los catorce departamentos de El Salvador este es uno de los que tienen los más altos índices de homicidios, pobreza y hacinamiento. Para dar una idea, la población de La Paz es equivalente a la de todo Belice y Belice es casi mil kilómetros cuadrados más grande que El Salvador.

En Zacatecoluca, Alma trabajaba como empleada doméstica en casas particulares. No ganaba mucho. Era pobre pero ese era su pueblo, ahí había crecido y conocía a la gente y la gente la conocía a ella.  Su esposo trabajaba de mozo en un pequeño camión de verduras. Iba a los cantones y vendía una verdura que no era suya. Su hermano menor, Gustavo, manejaba una moto taxi, unos pequeños cacharros rojos motor 125 cc, traídos de china, que cobran 50 centavos de dólar por un trayecto corto. Él debía pasar todos los días una pequeña frontera invisible, la que separa San Juan Nonualco de Zacatecoluca.

A Gustavo  lo mataron los pandilleros porque lo consideraban espía, ya que vivía del lado de una pandilla y trabajaba en los dominios de la otra. La policía, como cosa muy atípica, logró capturar al asesino y lo llevaron a prisión mientras un fiscal reunía las pruebas para el juicio. Ahí empezó la migración para Alma. La siguiente semana, todavía con el pesar y con  el corazón destrozado, mientras tomaba el bus que la llevaba a su trabajo, un hombre. La siguió el día siguiente y el otro… Luego le dijeron que era el hermano del asesino y que la seguía para matarla para que no pudiera declarar como ofendida durante el juicio contra su hermano.

Quedó presa en su casa, y ya no pudo ir a trabajar. A su esposo los pandilleros de cada cantón o caserío le cobraban unas monedas para poder entrar a vender la verdura. Él les decía que no era suyo el negocio, que él solo trabajaba en ese camión. Pero a ellos no les importó, querían sus monedas a como diera lugar. Visitaba varios lugares y los pandilleros fueron subiendo las cuotas. Al final llegaba a casa con la mitad de su salario. La otra mitad se la quedaban “los muchachos”, como se les llama en las comunidades a los pandilleros por miedo a mencionar la palabra, como todavía en esta lejanía les llama Alma. La familia entró en crisis. No tenían dinero y el hombre de la parada de bus empezó a llegar cada vez más cerca de casa. Lo vendieron todo, a precio bajito, y huyeron.

Cruzaron Guatemala con los niños en brazos y arrastrando lo que pudieron sacar.  Alguien les había dicho que en ese rincón de Centroamérica, entre Guatemala y México,  no había pandillas y se podía vivir. Así llegaron a estos campos de maíz en los que ahora se esconden.

Una pequeña bandera de El Salvador es el único recuerdo que una pareja de refugiados salvadoreños conserva en la entrada de su vivienda en el vecindario de Salvapán en Belmopán, Belice, el 20 de Noviembre de 2016. FOTO FACTUM/Salvador Meléndez

***

Los salvadoreños no solo viven en Valle de Paz. Hay otras comunidades como Salvapán y Las Flores que están menos aisladas. Están dentro de la capital y sus habitantes se integran a la vida de la ciudad como cualquier otro. Arman sus partidos de fútbol y sus fiestas patrias en septiembre. En estas comunidades se llora la pérdida de la selección salvadoreña de futbol, que es lo que sucede casi cada vez que juega.  Se escuchan las canciones de cantantes salvadoreños como los Hermanos Flores y se baila la cumbia de Aniceto Molina.

Dentro de Las Flores, la comunidad salvadoreña más grande de la capital, está La Cabaña. Es un bar y discoteca que se ha convertido en “El lugar” para la juventud guanaca. Ahí desde el jueves hasta el domingo hay música, cervezas y karaoke. Los dueños son tres hermanos salvadoreños que vinieron como refugiados de guerra en los ochenta y que ahora se apoderan todos los viernes del micrófono para cantar las canciones de Marco Antonio Solís. El lugar está decorado con banderas de todos los países pero principalmente la azul con blanco. A donde veas en ese lugar hay algo brillando, unos foquillos navideños o un letrero de cigarros. Los parlantes son enormes y a las doce de la noche al menos cien jóvenes se apretujan para bailar eufóricos  la música de moda. Muchos llevan la camiseta de la selección nacional de futbol de El Salvador como símbolo de prestigio, aunque  hayan nacido en Belice y ese país sea para ellos nada más una historia que cuentan sus padres y sus abuelos

Es domingo y por toda la comunidad de Las Flores se escucha el palmear de las pupuseras. Si en El Salvador las pupusas son una comida venerada y querida, acá son como hostias con queso y chicharrón que se idolatran como algo sagrado.  Los guanacos las comen con devoción y las pupuseras viajan hasta San Ignacio Cayo a comprar los ingredientes básicos. Es una fiesta en el lugar. Todos hablan a la vez y hacen bromas. Solo Jaime  come en silencio y me mira con recelo.

Erick Alas es parte de la segunda generación de salvadoreños nacidos en Valle de Paz y que ahora vive y trabaja como taxista en Belmopán. Es uno de los que viste con orgullo una camiseta de la Selección Nacional de Fútbol. Foto FACTUM/Salvador Meléndez

Jaime

Jaime da un mordisco a su pupusa y me mira, da otro mordisco y me fijamente, como queriéndome golpear con los ojos. Su hija de 4 años está junto a él y se le prende del pantalón con fuerza. Escucharon que vengo del El Salvador y me observan con una desconfianza total. Mientras todos en la pupuseria se arrebatan la palabra para contarme sobre su tranquila comunidad,  Jaime respira hondo y prepara su primera pregunta.

—Mirá y ahí en El Salvador ¿a donde vivís vos?

No es una pregunta que se haga con soltura en El Salvador. Cada barrio, sobre todo los barrios pobres, están dominados por una de las tres pandillas que operan en el país. Del lugar donde vivas dependerá  los lugares a los que puedes ir y los que no. Si los pandilleros de un barrio pillan a alguien y al revisar su documento, porque los pandilleros revisan los documentos de las personas,  descubren que vive en una comunidad “enemiga” a pesar de no pertenecer a ningún grupo, el portador del documento pasará un rato muy amargo si no es que pierde la vida.

Le respondo y le cuento que soy antropólogo y que escribo algo sobre migración salvadoreña en Belice. Entonces Jaime se relaja un poco y me cuenta su travesía.

Yo apenas tengo 3 meses de estar acá. Yo vivía en San Salvador, en Soyapango. Ahí tenía mi negocio, vendía tortas, hot dog y hamburguesas. Ya tenía años de tener el negocio y no me lo estás preguntando pero no me iba mal. La casa era mía. Ya tenía mi carro y una moto. Yo estoy separado de la mamá de ella-y señala a su hija- así que prácticamente la familia somos  ella y yo.  Aunque no lo creás  a mi negocio nunca le habían puesto renta.

Jaime dice esto último como quien afirma haber nadado con tiburones y no ser mordido. Soyapango es uno de los municipios de la capital salvadoreña más violentos y con más presencia de pandillas en todo el país. Ahí la Mara Salvatrucha 13 gobierna las comunidades de los contornos y la pandilla Barrio 18 el centro y el mercado. Cada negocio, desde los más grandes como los camiones repartidores de Coca Cola, hasta el más pequeño puesto de golosinas, pagan una cuota a la pandilla del lugar bautizada popularmente como “ la renta”.

—Un día llegaron los bichos, bichos que yo he visto crecer, y me dijeron que tenía que pagar renta-, recuerda Jaime. Yo a la mierda los mandé. Les dije que nunca había pagado y que ¿Por qué tenía que darles mi dinero? Me empezaron a acosar. Llegaban por la noche afuera de la casa hasta que un día llegaron a matarme. Me botaron la puerta y tuve que salir por la ventana. Ese día estaba solo, si hubiera estado con la niña …no salgo a tiempo. Pasé escondido toda la noche y en la mañana me fui. Después vendí todo lo que tenía. El carro, la moto, el negocio. Cuatro mil dólares me dieron por todo. No es ni la mitad de lo que costaba eso pero como yo necesitaba dinero para nuestro viaje…

En Belice Jaime trabaja en la construcción. No le va bien, pues es un trabajo pesado que nunca había hecho. Vive en Las Flores, la comunidad de salvadoreños en Belmopán y aunque vive tranquilo la psicosis le persigue a diario. Hace poco un chico, al enterarse de que venía de El Salvador y quizá con ganas de hacer una mala broma le preguntó a Jaime: “¿ hey y vos de que pandilla sos?” e hizo la señal de la Mara Salvatrucha 13 con las manos. Hicieron falta varios vecinos para conseguir que Jaime soltara al chico y dejara de golpearlo.

Cuentan que Jaime le gritaba: “¡Maldito, por tu culpa lo perdí todo, todo! ¡El negocio era mio, hijo de puta!

Jaime no lo recuerda.

Un autobús del servicio público pasa al lado de una centroamericana que camina sobre la zona peatonal en Calle Constitución en Belmopán, Belice, el 20 de Noviembre de 2016. 
FOTO FACTUM/Salvador Meléndez

***

El gobierno beliceño se ha portado bien con sus vecinos menos afortunados. Recibió a los salvadoreños que huyeron de la guerra civil y ahora recibe a los que huyen de la guerra de pandillas que a algunos especialistas les ha dado por simplificar en el término frío de “conflicto social”. Las oficinas del ACNUR entregan documentos temporales y gestionan con el gobierno beliceño el estatus de asilo para las familias que llegan.  Belmopán es una ciudad en crecimiento, el negocio de la construcción está en pleno auge y la industria beliceña lleva varios años en franco desarrollo.  Este crecimiento necesita de muchos brazos y de eso sobra en El Salvador.  En el distrito de Corozal y Orange Walk también se puede encontrar a cientos de salvadoreños trabajando en los campos de hortalizas y caña.  Aparte de esto, Belice cuenta con una gran cantidad de sitios turísticos en las costas y en las islas a los que llaman cayos.

Cientos de turistas estadounidenses y europeos llenan las playas, las reservas naturales y el majestuoso Blue Hole, una especie extraña de cenote o cueva en el mar. Poner en movimiento todo esto necesita mucho trabajo y es justamente lo que los refugiados necesitan. La avalancha de salvadoreños que huyen de las pandillas es un fenómeno en toda la región. Las balas han puesto a las poblaciones en marcha y hay un reacomodo de masas en esta esquina de las Américas.  Una de las características de esta nueva migración, azuzada más por la violencia que por la pobreza, es que  quienes se mueven son los más jóvenes, ya que son estos, niños y adolescentes en su gran mayoría, quienes sufren en primera línea.

El ACNUR, ante las nuevas olas de refugiados llegando a Belice, tuvo una reunión en 2014 en donde se replanteaban los términos bajo los cuales era posible otorgar la calidad de refugiado a una persona. Los cánones de los ochentas quedaron obsoletos ante las nuevas guerras pandilleras.  Todos los días por la mañana llegan a esta oficina decenas de salvadoreños y otros centroamericanos a hacer cola para exponer su caso. Algunos llevan papeles o recortes de periódicos  que certifican su historia, otros no portan más que su palabra y la fotografía de algún familiar asesinado.

Familias enteras esperan su turno mientras se protegen del sol apretujándose en la sombra del edificio.  Este día una de estas familias es la Wendy.

Wendy

Todo empezó en una escuela pública del departamento de Santa Ana, en el caluroso y violento occidente salvadoreño, en un día en que Wendy  y otras niñas jugaban en el recreo. ella golpeó a otra, juego de chiquillas, pero el golpe provocó que sangrara. Cuando llegó la madre de la niña golpeada entró en cólera. Amenazó a la maestra, al director y a Wendy. Le dijo a la niña que la mataría y que mataría a su madre. La mujer era miembro de la clica Hollywood Locos Salvatrucha, una célula importante  de la Mara Salvatrucha 13. Nadie dijo nada.  La madre de Wendy esperó que el problema hubiese quedado así, en gritos, pero no.

La siguiente semana dos pandilleros la interceptaron cuando dejaban a Wendy en la escuela y le dijeron que tenía una deuda con la pandilla y que pronto se la cobrarían.  Así fue, a Marlon lo interceptaron llegando a casa. Lo mismo. Le dijeron que tenía una deuda con la Mara Salvatrucha 13 y que querían que semanalmente les diera cincuenta dólares. El papá de Wendy trabajaba en la empresa Pepsi como contador y su salario le permitía vivir decentemente e incluso darse algunos lujos como ir a paseos o comprar ropa nueva de vez en cuando; sin embargo, cincuenta dólares semanales escapaba de su presupuesto. Les dijo que no les daría ni un dólar.  La siguiente semana la pandilla se puso  seria.

Dos pistoleros llegaron a casa y trataron de llevarse a Marlon. Pudo cerrar una puerta metálica a tiempo y por eso está vivo. Salieron al siguiente día. El viaje a los Estados Unidos es muy largo y no querían someter a Wendy a eso. Además Doris, la abuela, no soportaría tantas hora de caminata por el desierto.  Quedarse a esperar no era opción. Fueron a la policía y trataron de poner una denuncia. Un agente empezó a tomar la declaración pero se detuvo en la parte en que se mencionó a la Mara Salvatrucha 13. Les dijo que no podían hacer nada. Que lo mejor sería que se fueran de ahí.  Alguien les recomendó probar suerte en Belice, les dijeron que no se ganaba mal y sobre todo les hablaron de algo maravilloso, algo que en principio ni Marlon, ni María, ni siquiera Wendy, creyeron: no había pandillas.

Un motociclista transita sobre la calle que viene desde Valle de Paz en Belmopán, Belice, donde en 1981 un grupo de salvadoreños procedentes de Chalatenango, Cabañas y Morazán llegaron como los primeros refugiados por la Guerra Civil, cruza grandes campos agrícolas. 
FOTO FACTUM/Salvador Meléndez

La mirada que se pierde en el océano

José, muy concentrado, mira el celeste turquesa del mar atlántico desde uno de los pequeños muelles de madera de la isla Caulker. Es un pequeño pedazo de tierra blanca que sobrevive en medio del mar Caribe gracias a una formidable barrera coralina que le protege de las olas y de la furia de las tormentas oceánicas.   Esta misma barrera, y los miles de animales que viven en ella, hacen que la isla Caulker se llene de turistas de todo el mundo. Hay hoteles, bares y los isleños venden tours en donde alemanes, franceses, españoles y sobre todo estadounidenses se fascinan viendo la fauna marina del arrecife. José salió de El Salvador, como todos, huyendo de la violencia. Quería vivir en un lugar en donde sus hijos crecieran sin tener miedo y donde MS-13 y B18 fueran solo letras y números sin un significado especial.   Su perfil es el de la mayoría de por acá. Tanto en los ochenta con el conflicto político-militar, como en la actual violencia de pandillas, los que llegan son justamente aquellos que no quieren pelear. Agricultores, comerciantes y obreros. Gente de paz que no entiende el sortilegio de las armas.

Yo a El Salvador no regreso. Los mareros no dejan vivir ahí. Para entrar a una colonia hay que tener cuidado y si quieren te paran y te piden el DUI  (documento único de identidad), y si no les parece de donde venís ahí mismo te matan. No. Yo a El Salvador no regreso. Mejor acá, aquí es tranquilo.

Dice José y vuelve a perder sus ojos en el turquesa infinito de caribe beliceño.

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