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¿Así que odiás a «Game of Thrones»?

Ya se aproxima el estreno de la octava –y última– temporada del fenómeno televisivo «Game of Thrones», de la cadena HBO. Como suele ocurrir, las audiencias se dividen entre los que aman la serie y los que detestan que el mundo enloquezca por el suceso. Para los haters de la serie o los libros –y que destilan veneno al respecto, sin siquiera haber investigado bien de qué se trata– va la siguiente epístola con distintas excusas para construir un argumento más sólido.


Querida persona que no conozco: espero que mi carta te encuentre bien. Y por «bien» quiero decir: frente a tu computadora o tu teléfono, posteando sobre cualquier cosa, aprovechando que tenés dedos y podés hacerlo. En realidad, eso es lo que tenemos en común vos y yo: en cierta parte, mi trabajo consiste en compartir mi opinión acerca de distintas cosas. El motivo de la presente es ayudar –como mejor pueda– a afinar un poco la tuya. Y siento esta necesidad porque, francamente, tu opinión sobre el tema que abordaré me parece tonta.

Veo que odiás a «Game of Thrones»… ¿Cómo me di cuenta? Pues no fue de manera voluntaria. Te he encontrado a lo largo de estos años en Facebook o Twitter, entre temporada y temporada; siempre quejándote –¿o presumiendo?– sobre lo mucho que no te importa «Game of Thrones»; sobre lo infinitamente menos que te importa ver a tus amigos, conocidos y familiares hablar de dragones o zombis de hielo; o sobre lo inteligente que sos como para caer en la «trampa mediática» de disfrutar de algo junto a millones de personas más. Tus ojitos puros jamás se mancharán con un producto audiovisual tan «estúpido». 

En nombre de lo más sagrado que existe –los dedos de George R. R. Martin, por supuesto–, voy a intentar hacer algo que muchos intentaron antes de mí y que requiere de una labor de paciencia, valor y optimismo. No voy a intentar que cambiés de opinión. Los siete dioses saben que eso es imposible. Me gustaría, en cambio, que probaras odiar con fundamento. 

¿Cómo así? Pues eso, que tu desprecio tenga bases sólidas, más allá de «¡Ai no! ¡Ya van con sus dragones! #juegodetontos». Esas bases se forman conociendo al enemigo.

De todo, lo que me deja más perdida que white walker en el Desierto Rojo de Essos es, precisamente, tu postura: ¿de qué se alimenta tu gana de malgastar caracteres, saliva y memes en la serie, si no le has dado ni una oportunidad? Como reza el dicho popular: «si vas a hacer algo malo, por lo menos hacelo bien».

Me rehúso a dejar que mis prejuicios adivinen el motivo de esta pereza. En cambio, te propongo una lista de excusas que podrían haber evitado tu contacto con la serie y, de paso, algunas ideas para superarlas. Conste, me importa un pastelito de limón si llegás a amarla o no. Me basta con que la veás.

  • No tenés cable. ¿Quién soy yo para juzgarte? Tu afición por la televisión de calidad no debería dejarte en la pobreza. Pero tampoco disculpa que te enojés con los demás porque ellos pueden y vos no. En tiempos de escasez, sé creativo. Tal vez tus vecinos, pareja, amigos, compañeros de trabajo o tus jefes sí tengan. Somos una hermandad y no te vamos a desamparar. También hay sitios prohibidos en Internet donde podés abastecerte de cuantos capítulos y series soporte tu corazón sin pagar. No estoy sugiriendo que los usés, pero no está de más que conozcás de su existencia. Los rumores dicen que cada domingo por la noche tardan una hora en subir el episodio de la semana.
  • La historia parece muy compleja. Hay demasiados personajes, historias que no llegan a nada, miles de conflictos irrelevantes y nombres tan ridículos que no querés reparar siquiera en el esfuerzo mental que implica recordarlos. Esa es una cuestión de preferencia, pero sólo quiero decirte esto: si soportaste leer «Cien años de soledad» en tu educación secundaria y sobreviviste, una serie de pocos capítulos que sale cada año no va a matarte. Hay guías y foros de personas que se dedicaron a analizar y explicar los libros desde años antes que existiese la serie. Usá el poder mágico de Google. Maravillate.
  • Detestás a sus fans. El fútbol, Jesucristo, el té verde. Todo en este mundo tiene su buena cantidad de fanáticos insoportables. Lo importante es recordar que no son representativos de todos los que gustamos de la serie. Lo otro relevante es que ya sos una persona grandecita como para que alguien sin vida detrás de un teclado te arruine una experiencia personal. Dejá a la gente necia de un lado y construí tu propio criterio.
  • El ritmo. Puede ser que te sentaste a ver un episodio cualquiera y no soportaste ni quince minutos porque los diálogos te parecieron pretenciosos, porque había otras cincuenta cosas irrelevantes pasando y nada explotaba cada cinco minutos. Exponerte a maneras distintas de contar historias va a crear nuevas conexiones en tu cerebro. Vas a tener explicaciones distintas para cosas que ya viste. Vas a ser un éxito en el almuerzo de la oficina. ¡No te tiene que gustar! Basta con que lo conozcás.
  • Es fantasía sombría. No faltará el purista de turno que quiera ver una historia con cero libertades creativas. Tampoco aquel que espere «Narnia» o «The lord of the rings» en versión TV. Tampoco alguien que haya visto un par de clips y esté predispuesto a encontrar violencia y sexo gratuitos, que los hay. La mejor manera de llegar a algo nuevo es acudir sin esperar mucho. Puede que GoT no sea tu tipo favorito de fantasía. No tiene que serlo. Puede ser, simplemente, uno más en tu arsenal. Muchos fans coincidimos en que la barrera de entrada es la primera temporada. ¿Por qué no hacés el esfuerzo de terminarla, poner en contexto su oscuridad y luego decidir si es para vos o no?
  • Todo mundo está hablando de esto. Es molesto quedar atrapado en la oleada de ruido que genera un fenómeno mediático. El hecho que estemos conectados 24/7 solo amplificó este inconveniente y la reacción visceral es oponerse porque sí, en un acto minúsculo –pero significativo– de rebeldía. Sin embargo, te hago esta pregunta: ¿es realmente rebeldía o prejuicio? Podrías reconocer ese ruido molesto, ponerlo a un lado y hacer lo que realmente querrás hacer, en lugar de reaccionar. La única persona juzgándote por subirte o no a la tendencia, en realidad, sos vos mismo. 

Si no son argumentos suficientes para ver un par de episodios, espero que estos puntos sean, al menos, reflexiones graciosas para considerar la posibilidad de relajarte un poco. Si después de todo esto –y de ver, al menos, la primera temporada– ocurre que, en lugar de aminorarse, tu odio por la serie crece con la misma violencia que el amor incestuoso de Jon Snow y Daenerys Targaryen, no cuestionaré más tu libertad para detestarla bajo tus propios términos.

Solo te pido una cosa: dejanos a los demás ver nuestra pequeña serie sobre dragones en paz. Solo nos pasa una vez al año y esta –la que comienza en abril próximo– es la última vez que va a suceder. Tu odio no te vuelve especial y tus gustos tampoco. Si te vas a burlar, que sea con buenos chistes, para que al menos nos riamos juntos. 

Si el entretenimiento tuviese reglas sagradas, la primera debería ser que nadie te obligue a disfrutar de algo. La segunda, dejar disfrutar a los demás de algo que no te guste. Y todavía aguanta para una tercera: no odiés algo sin haberlo visto primero. El odio es una mercancía barata y abundante en internet. Nadie va a prestarle atención si no está bien parada. Cuando querrás hablar de tus impresiones con argumentos convincentes, escribime sin pena.

Tu amiga en el fuego y el hielo…

*Andrea.


*Legítima heredera del Trono del Sillón, reina legítima de los que sí leyeron los libros, protectora de los que no los leyeron, madre de los memes, la Khaleesi del gran mar de críticos, la que va al baño en los anuncios, rompedora de prejuicios. 

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