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Arte todos los días

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Crítica de Arte, el más reciente montaje de Roberto Salomón, una adaptación de la obra de francesa Yasmina Reza. Está en cartelera en el Teatro Luis Poma.

Fotos FACTUM/Cortesía de René Figueroa


La noticia de que Roberto Salomón iba a poner en escena Arte, de la francesa Yasmina Reza, me entusiasmó mucho y por varias razones. Es una pieza que destaca en el nuevo theatre de boulevard francés, acaso el teatro pop de esa Europa noventera, sofisticada y que ríe muy a su manera. La obra tuvo su estreno mundial en 1994 y ha tenido un recorrido que puede calzar el adjetivo exitoso con solvencia. Yo supe de la existencia de la obra por casualidad, cuando hace algunos años conduje un (malogrado) debate sobre arte contemporáneo precisamente en el escenario del Teatro Luis Poma. En aquella ocasión, para prepararme, busqué referencias y perspectivas sobre ese debate y entre cientos de enlaces en Google apareció una crítica sobre el montaje de esta obra en el Signature Theatre, en Arlington, Virginia (EUA). Era una de esas críticas que me dejan con muchas ganas de ver la obra y a la vez como muy pocas esperanzas de verla. Luego la encontré traducida y publicada por Anagrama en la feria de libro de Guadalajara, la compré, la leí en el viaje de regreso al país, la disfruté mucho, y a los pocos días se la regalé en préstamo a una buena amiga con quien solía tener amenas pláticas sobre el ser y el no ser del arte contemporáneo. Suelo recomendársela a gente legítimamente interesada en esa discusión, y la recomiendo no porque la obra resuelva el debate, tampoco porque ofrezca respuestas contundentes, sino por ser una ingeniosa idea que pone humor y a la vez trascendencia a ese debate que, tanto en la obra como en el día a día, tiene personajes variopintos con algo que decir al respecto, y, sobre todo, porque pone a funcionar los mecanismos que solo el arte activa para, so pretexto del arte mismo, hablar de otras cosas. De la vida, por ejemplo.

El enfoque con que la autora recurre a la poética de la comedia me recuerda a la reivindicación que hace Platón de Aristófanes en El Banquete, cuando aparece el encumbrado comediógrafo admitido en un debate filosófico sobre el amor. Y digo admitido porque como comediante con excesos gráficos, es decir, que recurre a la caracterización ridícula del cuerpo para conseguir la gracia, Aristófanes no era considerado un pensador y mucho menos un filósofo; sin embargo, Platón le admite sus planteamientos sobre la enorme posibilidad epistemológica que tiene llevar los grandes temas filosóficos a la cotidianidad del cuerpo, es decir, al diario vivir. Reza hace eso, lleva la gran discusión sobre el arte contemporáneo al diario vivir en clave de una comedia de acceso popular que se desarrolla a partir de la relación de tres amigos que de pronto se ven enfrentados vitalmente al desafiante del vacío/contenido de una pieza de arte contemporáneo. Una pieza que adquiere en cada uno de los tres amigos un significado existencial propio y singular mediado por su propia vida y que tiene muchos más detonantes que los meramente estéticos y un potencial de conflicto que lleva a planteamientos vitales insospechados. Brillante estrategia narrativa la de Reza que pone en la vida la pregunta sobre el arte y deja ahí la posibilidad de las respuestas.

El montaje de Salomón se estrenó al público el pasado jueves 2 de marzo y está protagonizado por Fernando Rodríguez, Carlos Córdova y Pechan Osorio. La adaptación del texto es efectiva y con muchas menos concesiones que otras de Salomón. Ha sabido mantener el tono cómico en su justa medida y elegancia sin desbordarlo en la vulgaridad o la palabrota que siempre hace estallar una risa fácil pero sin contenido. Las variaciones en la historia y en ciertos matices argumentales son comprensibles desde varios puntos de vista, pero lo importante es que no afectan drásticamente la visión de la obra. Hacia el final los tiempos, y por ende el ritmo, juegan en contra y devienen en el poco desarrollo de valiosos recursos narrativos que deberían ayudar a cerrar el círculo temático de mejor manera.

El elenco me trajo sorpresas: el crecimiento de Córdova –que había visto solo una vez–; el descubrimiento de Osorio –a quien nunca había visto en escena–; y una versión contenida de Rodríguez, quien está logrando canalizar sus abundantes energías para crear y ya no tanto para figurar. Voz, dicción, memoria son recursos técnicos muy bien desarrollados en los tres actores que también logran la suficiente sinergia creativa para proponer una verdad escénica al público que acude con ganas de teatro.

A pesar de la solvencia de las actuaciones y de la correcta apropiación técnica de los personajes por parte de los tres actores, este montaje sacrifica algo que para mí es fundamental: la atmósfera de la madurez que la historia original recrea. Cuando digo madurez me refiero a esa etapa de la vida que se evidencia en el cuerpo y sus maneras, en la mente y sus juegos, en las relaciones y sus dilemas. Los personajes en el texto original se sugieren entre los 40 y 50 años, y las caracterizaciones del montaje de Salomón los ubica apenas en los 30, no solo por la evidente juventud y fisonomía de los actores, sino por la recreación de sus personajes y sus historias propias que un espectador agudo pondrá en duda. No es que actores jóvenes no puedan interpretar personaje mucho mayores, pero creo que en este caso simplemente fue una decisión de la adaptación, a lo mejor en función del público, a lo mejor en función del recurso actoral disponible, pero sostengo que los personajes ganarían gravedad con actores mayores o con buenas interpretaciones de personajes mayores, a saber. No hay que dar por hecho aquello de que los 30 son los nuevos 40.

En cuanto al espacio escénico, la escenografía y la iluminación, Roberto Salomón vuelve a demostrar que es un maestro y que conoce como nadie el escenario de su teatro. También hace alarde de la enorme capacidad de hacer ver lo que no está y de hacer  aparecer lo que no se espera. En este punto, la experiencia teatral es magnífica para el espectador que logra entrar el diálogo con un lenguaje muy bien manejado.

En todo caso, Arte es una buena noticia para el discurrir cultural de San Salvador, una comedia inteligente y aguda que consigue risas y empatía, además de proponer reflexiones trascendentales sobre la vida y la manera en que enfrentamos las relaciones que nos configuran y nos desfiguran. Estos momentos siempre son una ganancia personal y también social, por eso es tan necesario el arte todos los días.

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