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Armónicamente caóticos

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En El Salvador todo funciona a tropiezos. Durante más de quince días hemos rumiado las críticas, excusas e insultos de los partidos políticos y de muchos funcionarios públicos sobre el caos que fueron los resultados de las pasadas elecciones, pero nadie habla de qué impacto ha tenido este desastre o cómo se puede remendar el golpe a la credibilidad institucional. Peor aún, somos muy pocos los ingenuos que creemos que mejor deberíamos retomar la obligada búsqueda de soluciones para los problemas del país.

Sin embargo, los líderes partidarios han preferido las palabrerías y el fanatismo al trabajo burocrático, por el cual les pagamos. Se les ha visto llegar a CIFCO con una puntualidad asombrosa -que nunca vemos en la Asamblea Legislativa-, se les escucha vociferar con una vehemencia que a todos nos gustaría reconocer al exigir transparencia y rendición de cuentas e incluso se les ha visto trabajando “como hormiguero fumigado” los fines de semana. Parece que la buena voluntad y las ganas de trabajar por el país son una mera cuestión de incentivos.

La efectividad de la democracia salvadoreña está alejada de cualquier aspiración ciudadana, lo importante es el morbo por saber quién tiene más votos. Eso es lo que los salvadoreños hemos presenciado por más de dos semanas. Sin querer, la Sala de lo Constitucional, el TSE y los partidos políticos nos han ejemplificado con maestría la forma armónicamente caótica con la que se administran nuestras instituciones.

Lo más sombrío es que las acciones poco planificadas, nada discutidas y llenas de recelos que impulsaron estas elecciones han tenido un impacto, que aún desconocemos. De acuerdo al reciente informe del Barómetro de las Américas, el TSE salvadoreño contaba, hasta hace quince días, solamente con el 56.1% de confianza en el cumplimiento de sus funciones, siendo una de las instituciones salvadoreñas con una buena credibilidad. Así, ¿cómo esperar que el país salga del subdesarrollo?

Muchos analistas afirman que nuestra sociedad va madurando democráticamente y que ahora el ciclo de la posguerra termina. Sin embargo, tiene más sentido pensar que nuestra sociedad está agotada y por eso no hacemos nada. Agotada de la inmadurez de nuestros políticos, de nuestros empresarios y líderes sociales, que no aceptan los errores que comenten, que tratan de ocultar su cínica búsqueda de poder y que prefieren sacrificar, por un terco egoísmo, la confianza ciudadana al no asumir un costo político.

No obstante, la responsabilidad no es solamente de los políticos y de los funcionarios públicos, somos los ciudadanos los que seguimos pagando y disfrutando de este espectáculo. Con nuestro silencio, con nuestra conformidad y con nuestras críticas al aire, hemos dado forma a nuestro país.

Tampoco se trata de exigir que todos renuncien de un día para otro y esperar que los novatos nos conviertan en Suecia. Se trata de monitorear, proponer y exigir. Nada fácil, sobre todo si estamos acostumbrados a atacar y aislar no solo al que piensan de forma contraria, sino a los que, simplemente, piensan diferente

Más allá de los resultados que tengamos en unos días, deberíamos comenzar a pensar en cómo generar acuerdos políticos que duren más que una elección, cómo obligar a que esta Asamblea Legislativa actúe de forma diferente –sí, obligar–, cómo señalarle a la Sala la importancia del “timing” político y cómo volver al resto de ciudadanos verdaderos decisores de su futuro.

Suena ilusorio y hasta risible, pero si hay algo que nos han enseñado estas elecciones es que en este pequeño país, todo es posible, incluso en menos de cuatro meses. Aunque el voto cruzado logró ciertos cambios, debemos tener en cuenta que las sociedades mutan no solamente a través de elecciones.

Poco a poco las noticias y las redes sociales están volviendo a hablar de la inseguridad y de la pobreza; los actores nacionales que conocemos vuelven a las entrevistas matutinas; y comenzamos a olvidar nuevamente que la democracia salvadoreña funciona a ensayo y error(es).

 

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