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“Aquí los pandilleros no tienen cabida”

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Este es un recorrido por las calles de Belmopán y Valle de Paz, hogar de salvadoreños que huyeron de la violencia en los ochenta y salvadoreños que huyen de la violencia de las pandillas. Estos son algunos de los testimonios. 

Fotos FACTUM/Salvador Meléndez


Francisco es un salvadoreño de 47 años que hace dos años y medio llegó a Belmopán y se convirtió en uno de los más de 3 mil expatriados centroamericanos, procedentes de Honduras, El Salvador y Guatemala que esperan en Belice una respuesta favorable a su solicitud de asilo como refugiado.

En El Salvador, Francisco vivía de una pequeña venta de partes de vehículos usados, conocidas como “hueseras”, y popularizadas en los años ochenta sobre la Carretera Troncal del Norte. A mediados de 2013, Francisco cerró el negocio porque una pandilla le pidió $500 semanales como extorsión. Si no accedía, lo iban a matar a él y a su esposa y también le iban a quemar el negocio.

Un barrio obrero con calles de tierra en Belmopán es el nuevo hogar de este salvadoreño y su esposa, que pide no ser identificado con su nombre real para este reportaje: pese a la distancia, Francisco está seguro de que los pandilleros son capaces de buscarlo en Belice para ajustar cuentas.

Esa barrera se rompe por un momento, cuando nos sentamos en una pupusería con luz neón, donde encontramos a otra salvadoreña que también ha huido con su familia por las mismas razones que la mayoría de expatriados que caminan por estas calles. Al terminar de comer, Francisco me invita a acompañarle a su vivienda y seguir con la conversación.

Para llegar a Belmopán es necesario abordar dos autobuses. El primero en la terminal de buses de occidente, en San Salvador, y el segundo en un pueblo entre la frontera de Guatemala y Belice. Los setecientos setenta y ocho kilómetros, y las casi trece horas de viaje, se convierten en el salvoconducto que muchos compatriotas han usado para seguir con vida junto a sus familias. La ley de refugiados de Belice estipula que una persona será refugiada en caso de que muestre que existe un temor fundado de ser perseguida por razones de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un grupo social o una ideología política en particular.

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Ramón Alemán es el conductor de uno de los microbuses de transporte público que me llevan desde Belmopán hasta Valle de Paz. En el idioma oficial, el inglés, los mapas lo identifican como Valley Of Peace, el primer asentamiento de refugiados salvadoreños, fundado en 1982 para los campesinos de zonas como Chalatenango y Cabañas, que huían de las atrocidades de la guerra civil en El Salvador. Ramón, salvadoreño de nacimiento pero nacionalizado beliceño, dice ser de los extintos agentes de la Policía Nacional salvadoreña.

El salvadoreño Ramón Alemán, originario de Chalatenango, es el conductor de este microbús que viaja desde Belmopán hacia Valle de Paz. El gobierno beliceño ha brindado refugio a los centroamericanos desde la decada de los ochetnta debido a los conflictos internos de la época. Ahora de nuevo acoge a salvadoreños que huyen de las violencia por las pandillas.
FOTO FACTUM/Salvador Meléndez

Mientras conduce en medio de las calles de tierra blanca que cruzan los campos agrícolas, Ramón dice en tono seco y seguro: “Aquí los pandilleros no tienen cabida. Ya han venido algunos, pero la policía los intercepta rápido porque la inteligencia militar aquí es buena, y es porque los ingleses vienen a dar entrenamiento a los beliceños”.

Los pocos pasajeros a bordo del microbús pertenecen a la segunda generación de salvadoreños que nacieron bajo la constitución beliceña, pero que ya hablan inglés y español con acento centroamericano.

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El pasado 21 de noviembre de 2016 fue un día anormal en Valle de Paz. Los estudiantes no asistieron a clases en el Centro Escolar Católico Monseñor Romero, ya que lo maestros tenían una reunión de planificación y les dieron asueto; sin embargo, logramos documentar fotográficamente la escuela casi que en silencio para no interrumpir la reunión de los profesores.

Detalle de la entrada de la Escuela Parroquial Monseñor Romero en Valle de Paz, la cual fue construida en 1982 para los refugiados salvadoreños que llegaron huyendo del conflicto armado. El gobierno beliceño ha brindado refugio a los centroamericanos desde la decada de los ochenta debido a los conflictos internos de la época; ahora acoge a salvadoreños que huyen de las violencia generada por la guerra entre Estado y pandillas.
FOTO FACTUM/Salvador Meléndez

El ambiente es tranquilo y los sonidos más fuertes en las calles vienen de los motores de las motocicletas. Es el medio de transporte más popular en medio de las calles de tierra blanca de esta comunidad. Por un momento hago una parada en la abarrotería perteneciente a la Cooperativa y observo, bajo una breve llovizna, la tranquilidad de vivir en una zona donde se respira seguridad.

Los primeros refugiados salvadoreños en Belmopán han logrado ganar el respeto de los beliceños después de 34 años, según dice José Amaya, un salvadoreño que llegó de 13 años a Valle de Paz y ahora es uno de los maestros bilingües en la escuela. En un principio, recuerda, los trabajos que el gobierno autorizaba eran para ser obreros de construcción, pero paulatinamente fueron aceptados en otros rubos al aprender el idioma.

Todo ese trámite de refugiados lo lleva a cabo la oenegé “Ayuda para el Progreso” (Help for Progress) en su oficina de Belmopán, que es asociada a la ACNUR,  la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados. Juntos reciben las solicitudes de asilo de centroamericanos amenazados por la violencia social en los países del Triángulo Norte centroamericano.

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