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Algunos “privilegios” de ser mujer

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Puedes dispararme con tus palabras,
puedes herirme con tus ojos,
puedes matarme con tu odio,
y aún así, como el aire, me levanto.

—Maya Angelou (1978)

Nos aferramos al velo que cubre nuestros ojos cuando se trata de la violencia hacia la mujer porque no la queremos ver en el hueco de un hogar; porque no la vemos detrás de una puerta de oficina; porque cerramos los ojos en los pasillos y parqueos de la universidad. O porque es fácil decir: «¿Este no es mi problema? ¿Esto no le pasa a mi hija? ¿Mi esposo no es así?». Vemos que alguien ejerce su autoridad, su poder de mando para maltratar: un jefe, un esposo, un padre, un profesor, un compañero (incluso de una compañera)…

Pero nos hacemos del ojo pacho.

No creemos en esa violencia hasta que un ojo aparece frente a nosotros, morado y lloroso; no lo creemos hasta ver un embarazo a causa de una violación (violencia directa); no lo creemos hasta que alguien nos calla en una reunión; hasta que en un correo colectivo o frente a colegas de la oficina nos humillan; hasta que nos damos cuenta de que nuestro salario es inferior o que no somos elegibles a un trabajo por estar casadas o ser madres (violencia cultural). Y lo peor de todo es que, a pesar de que nos pase a nosotras, seguimos sin quitarnos el velo.

Si no pasa por un proceso judicial, si no sale en los medios de comunicación, seguro es una mentira. Seguro ella se lo inventó. Seguro quiere llamar la atención. Aceptamos que ha habido violencia cuando está legitimada por un poder “superior”, por una autoridad; y lo único que hacemos con esto es perpetuar esa cadena de autoridad. La violencia se ejerce con nuestra complicidad cuando aceptamos el orden establecido.

A propósito de feminicidios en El Salvador: El Instituto de Medicina Legal registró 524 feminicidios en 2016 y en el primer semestre del 2017, se registraron 199. El Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe establece que El Salvador es el país que actualmente presenta la mayor tasa de feminicidios: 11.2 por cada 100.000 mujeres. A raíz del asesinato de Mara Castilla en México me di a la tarea de seguir los contenidos de algunos medios escritos, pero lo que más me llamó la atención no eran las narrativas periodísticas, sino los comentarios, blogs y tuits en respuesta a esos hechos. Las preguntas que siempre rondaban en ellos eran: «¿Por qué nos altera tanto la violencia hacia las mujeres?», «¿Por qué no nos pronunciamos igual ante la violencia hacia los hombres?». Siempre se nos cuestionan las actitudes que tenemos las mujeres de repudiar esos asesinatos. Hay hombres que alegan que «si al igual que ellas, nosotros también sufrimos violencia». Y aunque en El Salvador la cantidad de asesinatos de hombres es una realidad, la diferencia es que los hombres no sufren violencia por su condición de ser hombres.

Lo cierto es que los hombres, en su condición heteronormativa (concepto que expliqué en mi artículo anterior), pueden estar rodeados de mujeres y no recibirán ofensas verbales de la misma forma en que la reciben ellas. Lo cierto es que los hombres pueden subirse a un bus en shorts y ninguna mujer o grupo de mujeres van a tocarlos sin su permiso. Lo cierto es que los hombres pueden salir  a correr de madrugada y no irá una mujer, en carro, detrás de ellos acosándolos y gritándoles “piropos” (violencia sexual) por lo guapos que se ven en ropa ajustada. Lo cierto es que los hombres pueden salir a emborracharse y ningún grupo de mujeres los van a “levantar” cuando caminan hacia su carro.  Salvo, cuando el hombre es atacado porque su orientación sexual no coincide con lo que la sociedad ha establecido como “la norma”. Los feminicidios se llaman así porque es un asesinato determinado por el género. A los hombres se les violenta y se les asesina, no podemos negarlo, pero no por su condición de hombres. A las mujeres se les mata por ser mujeres y esa es la gran diferencia.

Poco hemos cambiado en la historia, poco hemos cambiado nuestro comportamiento con relación a la violencia. Pareciera que aún estamos en el siglo XV, cuando se creó el Malleus Maleficarum (Martillo de las Brujas), un texto que tenía por objetivo subyugar, encarcelar y ejecutar a todas aquellas personas que cometieran el crimen de “hechicería”, un producto del contexto sociohistórico —religioso, me permito—. ¿Afectaba a quienes? Claro, a mujeres. Ese texto es uno de los primeros que nos da cuenta de los feminicidios como acciones que tenían el objetivo de subyugar a aquellas que no encajaban en los estereotipos de la época, a través de la tortura, la violación y la quema de ellas.

Una mujer siempre está vulnerable, incluso en su hogar. Una mujer siempre es culpable de lo que le sucede, una mujer siempre corre riesgo al pasar frente a un grupo de hombres, al subirse a un taxi, al usar el bus, al caminar en la calle. Una mujer sabe que su espacio siempre será invadido de alguna manera. Una mujer siempre vuelve la mirada si un hombre camina atrás de ella. Una mujer siempre está expuesta, alguien puede acosarla, insultarla, agredirla, sólo por ser mujer. Pero eso es normal (violencia estructural), es cotidiano, es así. Así es nuestro país, así es nuestra sociedad. La familia es así.

Esa actitud de normalidad es la violencia simbólica manifestándose. Esta funciona en la medida en que los agentes sociales la consienten y la incorporan en sí mismos. La violencia se ve entonces, siguiendo las ideas de Bourdieu, en un habitus. Es un habitus no sólo porque es una práctica o una mera ejecución, sino porque la violencia ha encontrado las condiciones propicias para ejercerse. El habitus tiende a reproducir las condiciones objetivas que lo engendraron, de ahí que la violencia lo sea.

¿Cuáles son las condiciones? Por sólo enumerar algunas:

  • La impunidad de los crímenes, que en lugar de disminuir los feminicidios han aumentado.
  • Un país con grandes vacíos en el ejercicio de la justicia.
  • Una sociedad dominada por ideas religiosas.
  • Debilidades en el sistema educativo.
  • Impunidad a agresores de violaciones.
  • Sistema de salud inadecuado.
  • Disputas en el concepto de “cuerpo”… y que a las feministas se les siga llamando feminazis.

En los estudios se puede ver que a partir de los años cincuenta, la cantidad de feminicidios ha ido en aumento. La violencia hacia las mujeres es una reacción masculina en contra del feminismo. Pero no porque el feminismo sea el culpable de ello, como lo afirma Diana Russell, sino porque la cultura patriarcal se siente cada vez más atemorizada por ver cómo los estereotipos y constructos sociales que han sido su sustento se van desmoronando poco a poco y la supremacía masculina está cada vez más cuestionada. Lo mismo sucedió en Europa durante el inicio de la modernidad, cuando a las mujeres que se “salieron de la línea” se les acusó de brujas y fueron brutalmente asesinadas.

La normalización de la violencia hacia las mujeres se enfoca en una visión androcéntrica. Esa visión se impone como neutra y nos hacer ver todas las acciones de acoso como algo cotidiano. El orden social se nos manifiesta en comentarios como: «es que las mujeres han roto las normas y ahora caen en el libertinaje», lo que simbólicamente demuestra que la moral se impone sobre sus cuerpos y la identidad femenina se codifica de manera en que, mantenerse en el comportamiento socialmente establecido es lo correcto; mientras que si una mujer se sale de esa forma de ocupar el espacio público es castigada y, por lo tanto, está bien que las acosen, que las maltraten, porque se lo merecen.

Con esto podemos ver que la violencia es un ciclo que se repite, que se da una y otra vez. El maltrato, el acoso, la humillación siempre regresan. Pero, ¿qué tal si durante un momento nos quitamos del papel de víctimas y comenzamos a construir lo que deseamos, la sociedad que necesitamos? En El sentido práctico (1980), Bourdieu se propone rescatar la dimensión activa de la práctica y las capacidades generadoras del habitus. ¿Qué tal si las mujeres comenzamos con ese modo de reinvención? ¿Qué tal si dejamos el miedo, el temor? ¿Qué tal si dejamos el velo que tapa nuestros ojos? No para ver la violencia —que ya es bastante obvia—, sino para que elijamos qué vamos a hacer. ¿Qué tal si, como dice la escritora Tania Pleitez (2011), saltamos ese alambre de púas que nos amarra, que nos atrapa, que nos paraliza y nos quitamos así nuestra corona de espinas?


  • Bourdieu, P., y Jordá, J. (2000). La dominación masculina (Vol. 3). Barcelona: Anagrama.
  • Bourdieu, P. (2008). El sentido práctico. Siglo XXI de España Editores
  • Canclini, N. G. (1990). La sociología de la cultura de Pierre Bourdieu. Sociología y cultura.
  • Radford, J., y Russell, D. E. (Eds.). (2006). Feminicidio. La política del asesinato de las mujeres. UNAM.

Alexia Ávalos: Salvadoreña. Residente en México. Comunicadora. Maestra en Estudios de la Cultura y la Comunicación por la Universidad Veracruzana. Actualmente trabaja como encargada de comunicaciones del Centro de Estudios de la Cultura y la Comunicación y coordinadora de la Revista Balajú, editada por el mismo centro.

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