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Acuerdos de familia

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Podría darle la espalda a la conmemoración de los Acuerdos de Paz y repetirme que no tengo nada que celebrar porque me identifico más con la crisis que vive El Salvador en este momento que con la puesta en escena que harán las elites políticas el 16 enero. Podría también concentrar mi atención en un buen libro o en una gran película y argumentar que la política salvadoreña es muy predecible y sucia para perder mi tiempo en eso. Sí, podría haberlo hecho si no fuera porque lo que ocurrió antes, durante y después de la firma de la paz han contribuido de manera determinante en la calidad de persona que soy ahora.

Y por esta sencilla pero profunda razón una vez más opté por implicarme y convertir este texto en el coro de voces que me impulsan a cuestionarme el presente y a seguir adelante sin perder de vista lo realmente importante.

Para cumplir con mi propósito quise hacer una línea del tiempo familiar. Le pregunté a mi padre, un ex guerrillero humilde y honesto, al que admiro profundamente, y a mi hijo, un joven inteligente y sensible del que puedo sentirme muy orgullosa, qué significaba para ellos esta conmemoración de los 25 años de la firma de los Acuerdos de Paz. A sus opiniones se sumaría la mía, una hija de la guerra que escribe este texto para comprender y sanar. Las coincidencias en las respuestas me han sorprendido tanto que decidí hacerlas públicas.

Para mi padre, que luchó y dedicó los mejores años de su vida a la pasada guerra civil, la firma de los Acuerdos fue necesaria, aunque a la luz del presente considera que no se cumplió con los objetivos. “Cuando supe que se iba a firmar la paz mi reflexión en ese momento era que los logros que íbamos a obtener después de tanta lucha iban a ser mínimos para un esfuerzo tan grande y todas las vidas que se habían perdido. Son tantos los compas que cayeron y creyeron que el cambio venía…”.

La distancia que mi padre identifica entre lo firmado y la realidad salvadoreña actual radica en haber dejado intacto el modelo económico, en que sin importar la alternancia en el poder, se han revitalizado por inercia las reglas del viejo modelo, tanto en el plano económico como en la esfera política y partidaria. “Muchos se han aprovechado de este modelo para sus intereses personales y otros para sus intereses de partido en función política”.

“El Salvador se encuentra en crisis y se necesita, por razones de país y no de intereses, un nuevo acuerdo entre las principales fuerzas políticas, que vaya en función de El Salvador y de la población más desposeída, y no de intereses particulares o de partido”, me dijo.

Mientras mi padre expone sus ideas pasa por mi memoria un collage de imágenes fugaces, como ráfagas: lo veo antes de ser guerrillero, con su pelo negro, guapo, en los mejores años de su vida profesional, resuelto, perfumado, listo para irse a la oficina en su carro nuevo; luego lo veo en el pasillo de la prisión municipal de Santa Tecla como preso político, barbado, con olor a hierro oxidado, abriendo sus brazos para cargarme; lo veo en Managua diciendo adiós desde cualquier carro y sirviendo a otros porque eso era servir a la lucha.

Ahora mi padre tiene el pelo blanco, vive en un barrio obrero, no tiene jubilación y trabajará hasta el último día de su vida como la mayoría de los salvadoreños. Sin embargo, en este aniversario de la “paz” está feliz porque 25 años después alguien le pide su opinión y toma nota de sus puntos de vista como algo importante para la reflexión de un mejor país.

Cuatro años después de la firma, nació mi hijo. Ajeno a la guerra civil que vivimos su abuelo y yo, opina que los Acuerdos abrieron la puerta para escribir una nueva página. “Lo que no sé es si le dieron las herramientas que el país necesitaba para escribirla”, me dice él.

“El hecho de que estemos sufriendo las consecuencias de la guerra no tiene que ver con que los acuerdos estén incompletos o mal hechos, eso tiene que ver con que los firmantes de la paz, ahora en el poder, ya no creen en los ideales por los que pelearon, ni creen en lo que firmaron… no sé en qué creen. Y si tomas decisiones que afectan al colectivo pensando solo en el interés individual no vamos a tener paz”, piensa mi hijo.

En el 2015 escribí que “el aniversario de la paz quiero interpretarlo como el recordatorio simbólico del valor incalculable que tiene el diálogo para nuestro país. Si no queremos repetir la historia, es el momento de sentarse a conversar, de tomar decisiones, de aceptarnos y escucharnos con nuestras diferencias, de evolucionar… De lo contrario estaremos demostrando que de la firma de ese compromiso no aprendimos nada”.

Concluyo mi experimento de esta línea del tiempo familiar satisfecha de no haberme conformado con el sobreentendido de que estas tres generaciones no teníamos puntos de encuentro y cierro con una frase de mi padre con la cual me identifico plenamente: “La celebración es de ellos, no del pueblo”.

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