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A solas con el ‘pole’

Era martes en la noche y hacía demasiado viento.

Afuera de un portón en la colonia San Francisco, le pregunté a un vigilante si ese era el estudio de Nina. No estaba rotulado y parecía una casona más en una calle poco iluminada. Una parte de mí estaba nerviosa y hubiera deseado estar perdida. Pero ahí era. Entré y luego de caminar por un pasillo, Nina misma me saludó y recibió. 

Nina es Nina Zamora, pionera del pole fitness en El Salvador. Con ocho años de experiencia y varias competencias profesionales detrás suyo, fue gimnasta hasta los quince años, cuando una lesión la obligó a abandonar. El pole la encontraría luego en Francia, mientras terminaba sus estudios universitarios de artes plásticas. Por amor a él fue primero a Nueva York para certificarse y después a Buenos Aires para pulirse de forma más técnica. Luego de pensarlo mucho y sentir la responsabilidad de ser la única persona en El Salvador que practicaba la disciplina, abrió en 2013 la primera escuela de pole fitness del país, que hace un año se convirtió en Peace and Pole by Nina, el estudio donde me encontraba esa noche. Peace and Pole también da talleres de otras ramas un poco más artísticas, como danza aérea. Pero esa noche yo había llegado a tener una probadita del plato principal. 

Cuando se piensa en el tubo –o pole– es poco probable no conjurar en la mente una idea muy erotizada. La manera en que muchos lo conocimos es dentro de la idea de los strip clubs, o en buen salvadoreño: barra shows. Es decir, mujeres semidesnudas contoneándose y deslizándose provocativamente para algún hombre que les arroja dinero, mientras ellas mantienen un balance precario entre el aire y sus tacones.

Sin embargo, Nina me explicó que eso es apenas pole. A secas.  El pole dance se practica en tres grandes ramas: pole sport, pole art y pole fitness.

  • El pole sport es un deporte de alto rendimiento, federado y difícil, enfocado en la técnica perfecta.
  • El pole art es un arte escénico, más expresivo, que busca transmitir una emoción, una historia o simplemente interpretar una canción. Para alguien que hace pole art, vale mucho la escenografía, el vestuario y el estilo propio a la hora de moverse. Por ejemplo, Cirque du Soleil incorpora pole art en muchos de sus espectáculos.
  • El pole fitness –que era lo que yo me disponía a hacer más tarde– es un ejercicio para mejorar el rendimiento físico y su barrera de entrada es menos alta, pudiendo ser practicado por personas de cualquier condición y constitución física.

[Instagram de Nina Zamora]

“El pole no existía aquí en un contexto artístico o deportivo. Tenía que hacer algo con esto”

Nina Zamora suele expresar la importancia que, para ella, tiene desmitificar al pole fitness de una simple lectura erótica.

Si había llegado con alguna ilusión o expectativa difusa, fue solo cuando me cambié de ropa que me pregunté qué diablos hacía ahí.

Con ciento cuarenta libras encima, pesaba más que nunca en mi vida. Tenía meses de no hacer ejercicio, más allá de bailar en alguna fiesta. De repente, sentí náuseas. Apretujada en un par de shorts y camisa negra, salí del vestidor con menos seguridad de la que pensaba. Nina me aseguró que esa noche no me iba a despegar del suelo.

Algunos de los alumnos del estudio son hombres –que usualmente provienen del mundo de las artes–, pero en esa clase solo había mujeres. Conté seis o siete, de entre veinte a treinta años, todas con tipos de cuerpo distintos, preparándose, hablando entre ellas. Me quité los lentes e inmediatamente me sentí más ansiosa: el estudio es un poco oscuro, mi visión es terrible y no quería hacer el ridículo adivinando a ciegas qué demonios hacían las demás. Tomé una alfombra de ejercicio y, luego de colocarme bien al frente, ya estaba lista para el calentamiento. 

Nina se había preparado en su momento para el prejuicio que aparecería al practicar y enseñar pole en El Salvador. Ya esperaba reacciones negativas, así que se asoció con una escuela profesional de danza. Se presentaba en eventos culturales, hablaba del pole fitness con naturalidad y sin esconder nada al respecto: Dejaba que la gente se acercara, se expusiera. Para ella, basta con verlo una vez para entender que, más que erótico, es una práctica artística y deportiva.

De ahí que la primera revelación de la noche no tardó ni un minuto en llegar: cualquier ilusión de piernas bajando juguetonas por el tubo, cualquier idea romántica de sensualidad o coquetería que mi mente pudo haber tenido sobre pole fitness –hasta que la vida me llevó a estar ahí, estirando en cuatro y maldiciendo mi vida sedentaria– se desvaneció completamente. Brazos al aire, piernas rectas, planchas, abdominales, splits, estiramientos. Veía a mi alrededor para verificar si estaba fallando como creía y me consolaba al notar que no ser la única en problemas.

Empecé a sentir calor.

A algunos movimientos los recordaba del yoga, del gimnasio, de hace muchos años. Traté, como pude, de llevar el paso, de mantener poses- Era un origami humano y el yogurt de hace una hora amenazaba con salir a la fuerza. Mi panza también salía de cuando en cuando a saludar, así que además de morir me jaloneaba la camisa, desesperada, recordando que había una cámara cerca. Ya tenía suficiente con sentirme destruida como para también recordar que estaba gorda.

Pero Nina no detenía la rutina. Entre indicaciones, nos corregía a frases cortas. Ella es una instructora paciente, mas no complaciente. La Andrea del pasado que aceptó tomar esta clase me resultaba, en retrospectiva, una persona muy estúpida.

[Instagram de Nina Zamora]

“Solo hace falta ver al pole fitness para entender que es algo artístico”

Nina Zamora comenta que muchas de las personas que acuden a su estudio –hombres y mujeres– provienen de distintas disciplinas artísticas que se practican en el país.

Para Nina, las personas –especialmente las mujeres– que practican pole fitness fortalecen tanto su autoestima como su seguridad al cultivar un pasatiempo dentro de un espacio donde aprecian su capacidad corporal, fuera de la crítica o la vergüenza.

El pole dance genera opiniones negativas por su ocasional sexualización. Nina Zamora señala que, como en toda disciplina que implique trabajar con el cuerpo, existe cierta sensualidad, pero no está necesariamente ligada al erotismo.

El pole fitness mezcla elementos de danza y acrobacia, fortaleciendo la resistencia muscular, mientras tonifica y da flexibilidad al cuerpo. Una sesión normal de pole fitness con Nina dura una hora y se divide en tres momentos: treinta minutos de calentamiento, veinticinco minutos de trabajo en el pole y cinco minutos de estiramiento final.

Pero no hay mal que dure cien años o una hora entera.

Descansé de la primera parte tomando agua y pensando qué iba a decir mi familia –muy católica– cuando me vieran en internet agarrada de un tubo. Pensaba en la cantidad de comentarios sobre mi cuerpo que estaba invitando al hacer este experimento de manera pública. Calculaba el volumen de ridículo que me iba a tener que tragar si me caía, me lesionaba o, peor aún, si no me atrevía a hacer algo.

No pude seguir con estas inevitables reflexiones. Las demás ya estaban escogiendo pole para practicar y yo también tenía que hacerlo. Y como mi cara es incapaz de disimular, una voz buscaba despreocuparme. Me recordaba que no iba a estar en el aire. Todo esto, mientras una de las alumnas subía y empezaba a extender las piernas.  

Nina descompuso mi primer movimiento en pasos: con el pole a la diestra, coloqué mi pie derecho apuntando a él y el pie izquierdo viendo al frente. Debía poner mi mano derecha al nivel de mi cabeza y mi mano izquierda al nivel de mi pecho, ambas aferradas al pole. La idea era impulsarme hacia adelante y usar mi pierna derecha de pivote, doblándola sobre el pole para girar sobre él y bajar, mientras mi pie izquierdo debía dibujar un círculo sobre el suelo. Es decir: debía convertirme en un compás humano.

Nina repitió mi pensamiento y me preguntó si recordaba los compases que usaba en el colegio. Agarré el pole, pensando que iba a sentirse cómo tocar un objeto prohibido o algún monumento. Pero era solo eso, una barra de metal. Una herramienta.

Mi mente cambió de lógica inmediatamente. 

Así que me coloqué en posición y giré. Una vez. Dos veces. Tres veces. Me detenía a recordar los pasos como comandos: pie, pie, brazo, brazo, adelante. Mi cerebro y extremidades se comunicaban con una fluidez desconocida para mí, sin darse órdenes, sin pensarlo. Estaba enfocada en el momento, moviéndome con precisión. Desde el fondo escuché: «¡Así es! Lo estás haciendo bien!». Nina se acercó a revisar mi técnica y me pidió que lo intentara a la izquierda, porque siempre hay un lado que cuesta más. Y, en efecto: me desubiqué un poco al ubicar los pasos en otro orden, pero logré dar un par de vueltas más y me detuve a observar lo que ocurría a mi alfededor. 

Las demás alumnas, cada una a su nivel, repetían una y otra vez sus propios movimientos; cometían sus propios errores y volvían a aferrarse al pole. Salvo el sonido de la música, solo se escuchaba la ocasional corrección o explicación. Brazos y piernas se tensaban y relajaban, corrigiendo posiciones, tratando de ir más arriba o de girar mejor.

[Instagram de Nina Zamora]

“Tu trabajo se refleja. Tu esfuerzo y tu disciplina rinden frutos”

Una clase de pole fitness demanda de un inevitable esfuerzo físico, pero Nina Zamora explica que, al final, hay recompensa.

La única parte que le costó –y aún le cuesta– a Nina de administrar su propio estudio es sentir que, al ser responsable de sus alumnas, le ha resultado más difícil viajar para elevar su especialización.

Porque ella come, respira y suda lo que hace. Me contó que tiene que ‘terapearse’, recordarse a sí misma que en el futuro va a poder dejar esto a cargo de alguien más y salir, poder viajar… Incluso me contó que no se ve formando una familia, porque eso la limitaría. Entonces le dije que, en cierta manera, todas éramos sus hijas. Porque en el estudio había una sensación de comunidad tácita. Todas las que estábamos ahí nos concentrábamos en ejecutar la misma danza interminable:

Subir. Sostener. Bajar. Intentar de nuevo. 

A esa danza me sumé yo también: con los brazos más arriba, mis piernas se doblaban sobre el pole, aterrizando con las rodillas sobre el suelo y con mis pies tocándose atrás. En este ejercicio me sentí como si fuera alguna especie de amazona torpe. Sin embargo, había algo sensual en lo dominante que cierra el movimiento: formaba un triángulo, con el torso erguido y el mentón elevado. Y así seguí: intentando, corrigiendo mi postura y girando.

Nina se acercó por tercera vez para explicarme el último movimiento de la jornada. Debía estar encogida e hincada en el suelo: Ella sostuvo el pole desde la base con ambas manos y la cabeza abajo. Acercó lentamente sus piernas al pecho y se impulsó con la punta de los pies hacia arriba. Poco a poco, su columna siguió la vertical del pole y, con ella, sus piernas se elevaron, una estirada y otra aferrada. En cristiano: se colgó cabeza abajo. Y yo me preguntaba: aún si lograba estar sostenida sobre los hombros, ¿cómo carajos, exactamente, me iba a colgar cabeza abajo aferrada a nada en esta vida? 

Así que tuve que pedirle que me lo explicara de nuevo. Recreé los pasos un par de veces, pero no lograba que mis piernas se levantaran del suelo. Sentía vértigo, perdía el balance, deshacía la forma. Nina regresó y, mientras yo impulsaba las piernas, ella las empujaba hacia el pole, como diciendo: «¡si esto es todo!». En realidad no era tan sencillo. Mis piernas llegaban, pero volvían a caer. No lograba afianzar.

Doblar. Juntar. Elevar. Repetir.

Los dedos de los pies sintieron, finalmente, el metal. Como dando vida a una chispa, mi pierna izquierda se pegó al pole y la otra se levantó de un saltito para hacerle compañía. Me supe en el aire. Y entonces me recorrió una euforia líquida. Me vi en el espejo. Y fue entonces que entendí.

Entendí por qué estaba más ansiosa que emocionada por tomar esta clase. Entendí por qué acepté hacer una crónica sobre pole fitness con entusiasmo, pero dilaté –lo más que pude– contactar a Nina, cuando supe que había regresado al país luego de competir en el extranjero. Entendí por qué llegué de negro y no igual de descubierta que las demás. Entendí por qué no quise verme la cara antes, mientras aprendía los otros movimientos. 

Pensándolo mejor, no es muy complicado perder conexión con el cuerpo, con la dimensión física de nuestra existencia. Es nuestro cable a tierra con lo que nos rodea, el lugar desde el cual huimos a nuestra mente cuando no sabemos qué hacer con lo que sucede o con lo que sentimos. Del cuerpo uno se avergüenza, por ejemplo, cuando alguien abusa de vos. Desde la infancia aprendés a esconderte. Es el cuerpo quien debe sufrir y desaparecer cuando la única manera de matar al dolor es negarle sustento. El cuerpo, al que no se siente reparo en arañarlo hasta sangrar, descuidarlo, esconderlo, sentir náuseas a la menor señal de sensualidad. Es ese extraño que se mira con rencor cuando la edad y la pereza le dibujan más curvas justo cuando, por fin, hacés las paces con él. Es el mismo cuerpo que me miraba al revés, reflejada en el espejo de un martes por la noche, prendido de un tubo.

Yo, que siempre he presumido de comprender y resolverme sola, había sentido una vergüenza primitiva al imaginarme fuerte y sensual. Porque, aunque mi mente había resuelto, mi cuerpo aún recordaba.  Pero a solas con el pole, algo había pasado. Cabeza abajo, frente al espejo del estudio y con mis piernas abrazadas, no estaba pensando en eso. No pensaba en mi peso o en el espacio que ocupo. No pensaba en la vergüenza ni en el daño que otros han ejercido sobre mí. No trataba de dominar o controlar. Esta suerte de mecanismo maravilloso que es mi cuerpo, que soy yo, logró la sincronía necesaria para derrotar la gravedad. Así que observé en silencio. Estaba sudando. Estaba maravillada.

Lo hice. Lo hicimos, mi cuerpo y yo.

Cuando Nina describe cómo cambia el pole fitness a quien lo practica, usa una palabra: terapéutico. Dice que se aprende a querer el cuerpo más por lo que es capaz de hacer que por cómo luce; que la fuerza física empodera a una mujer; que con la pasión del pole se gana algo personal, propio, que no era de una pareja o de una familia, y que eso trae mucha seguridad. Me dijo que al estudio llegaban personas que no se habían encontrado, que buscaban de alguna manera su espacio. Mujeres que se enfrentaban a su reflejo en el espejo con poca ropa y que, al verse haciendo cosas lindas, cada vez mostraban más piel con menos vergüenza y más aprecio. Sin nada que tapar, para ellas mismas o para otras mujeres.

Nina también cuida que la práctica sea profesional, que es necesario minimizar los riesgos de lesiones. Por eso, cuando logré realizar el ejercicio, ella no perdió tiempo y corrigió la posición de mis piernas. El soporte tampoco era perfecto. Si no recargaba mi peso en los hombros –en lugar de la cabeza– me podía lesionar de una mala caída. Repetí aquella danza con más confianza, a conciencia, con orgullo.

¿Hay algo más sensual, más sexual, más puro, poderoso y devastador que un cuerpo exhibiendo su potencial realizado? ¿Se puede negar el placer que produce lograr la coordinación exacta de un sistema vivo? Son preguntas que van más allá del erotismo, de la provocación. La confianza es sexy, sí, pero porque es plena e integral. Yo juro que esa noche, trabajando con mi cuerpo y mente, me sentí diosa.

En sus redes sociales, Nina es muy vocal para hablar de lo importante que es entender esa integralidad. Específicamente, opina que no lo entienden aquellas personas que tomaron una clase o dos y decidieron que también podían dar clases por su cuenta. Cuando le pregunté el peligro de tomar una clase así, me explicó que no es solo un problema de desconocer la anatomía en el contexto del deporte o de la danza, de no asumir las lesiones feas que implica un deporte peligroso como el pole; también resentía que esas personas no entienden al pole como aporte cultural, como arte, como la conquista paciente de una meta. Porque a Nina lo que le dio el pole fue eso, saber que tenía talento y que ese talento era motivo de orgullo. Saber que su disciplina había dado frutos.

Al final no logré corregir del todo el ejercicio, pero no importaba. Triunfo es triunfo. Pasé los últimos minutos de la clase tratando de mejorar mi pose y técnica, subiendo y bajando, cruzando y tensando. A mi alrededor, algunas de las alumnas lograban posturas imposibles en el aire y se tomaban fotos entre sí. Había un ambiente de satisfacción, de trabajo bien hecho. Los celulares cambiaban de mano y la charla general se relajó. Apareció la mamá de Nina con un pastel: casualmente, ese día era su cumpleaños.

[Instagram de Nina Zamora]

“La fuerza física empodera a una mujer. No me considero el sexo débil”

Nina afirma que el pole fitness es una práctica terapéutica. Dice que se gana algo personal, algo propio, algo que no remite a una pareja o a la familia; y que eso aporta mucha seguridad.

Nina se tomó una foto, extendida sobre el pole, junto a sus alumnas y el pastel.

Es imposible cuestionar su dedicación, porque cada uno de sus músculos salta como un argumento. Hay algo en su rostro que, aunque sonría o bromee, te hace sentir que va en serio en cada cosa que hace o dice. Lejos de ahuyentar a sus alumnas al disciplinarlas, al exigirles más cada clase, es obvio que entre ella y “sus hijas” hay algo más que un servicio de por medio: hay genuino aprecio. 

Salimos a la terraza. Le pregunté qué aportaba ella con el pole fitness a una sociedad que a veces es tan cerrada, como la salvadoreña. Contestó que le parecía importante combatir la vergüenza. Me dijo que en el pole, como en toda disciplina que se trabaja con el cuerpo, hay sensualidad, y una mujer no debería estar condicionada a explorar su sensualidad y sexualidad bajo el  prejuicio de la sociedad o con el miedo de ser considerada una zorra. Me explicó que el pole es una manera de mantener contacto con una misma, de agarrar lar riendas y decir: «esto lo voy a hacer porque quiero, para mí. Aquí no hay hombres. Soy solo yo».

Luego guardó silencio y pensó. Dijo también que aunque remaba contra marea, si la gente veía al pole distinto, podía empezar a cuestionarse más cosas, y que el mismo tabú facilitaba ese efecto. Explicó que aquí le ayuda a la gente ver un tubo y preguntarse qué hace eso en un espectáculo, le ayuda darle una oportunidad a las cosas. A informarse. A conocer y hacer.

Salí del estudio caminando liviana, en paz. Mi novio me vio y preguntó, adivinando algo, que si no me molestaría seguir haciéndolo. Admití que lo había disfrutado más de lo que esperaba. Cené e insistí en recordar cada sensación, cada movimiento, como si aquella euforia de antes se fuera a disipar si dejaba de darle vueltas; como cuando se recuerda alguna memoria amorosa, pero esta vez mi amante era, extrañamente, yo misma.

Esa noche dormí como un bebé. Una semana después, cuando el dolor de los músculos ya no era más que el recordatorio de una aventura, recibí un mensaje de Nina. Me escribió para invitarme a más clases. No tuvo que convencerme demasiado con el precio o los horarios. Contesté que sí. Buenísimo. Podía empezar la semana siguiente.

[Instagram de Nina Zamora]

“Esta sociedad te dice cuándo podés ser sexual y cuándo no”

Nina Zamora considera que uno de sus mayores aportes a la sociedad salvadoreña radica en transmitir el mensaje de que es necesario combatir la vergüenza.

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