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La crisis exige nuevos liderazgos

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2016 fue un año difícil. El creciente ascenso de los populismos en las naciones más prósperas del mundo occidental, y el descrédito de los partidos políticos de masas, evidenciaron los límites de la democracia liberal para responder a las demandas de un importante número de ciudadanos afectados, entre otras cosas por las consecuencias de la peor crisis económica de los últimos años.

La ausencia de soluciones por parte de los liderazgos tradicionales a empleos cada vez más precarios, la desigualdad social, la corrupción, la violencia, y la crisis humanitaria, no sólo consolidaron el voto reaccionario y conservador en el caso de España, sino el sentimiento nacionalista y xenófobo en el caso de los Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y Francia. Esto puso en riesgo los principios de las sociedades modernas arraigados en la igualdad, libertad y fraternidad.

El Salvador no ha estado al margen de este contexto internacional de incertidumbre y agotamiento de liderazgos. A la crisis social expresada en los altos índices de homicidios se sumó este año la difícil situación de iliquidez en las finanzas del Ejecutivo. La incapacidad para comunicar sus causas expusieron ante los ojos de los ciudadanos a un segundo gobierno del FMLN débil, sin margen de respuesta y presionado por las condiciones impuestas desde la oposición política y el ajuste fiscal exigido por el Fondo Monetario Internacional.

Sin embargo, a pesar de lograr su cometido y proyectarse como la llave para la “gobernabilidad económica” de los próximos años, ARENA siguió sin representar una opción alternativa, responsable y coherente para los grandes desafíos que enfrenta y deberá superar nuestro país en el mediano y largo plazo.

Por eso, al igual que en otras latitudes, lo que nos encontramos es la incapacidad del sistema tradicional de partidos, y de sus liderazgos, para responder a las demandas de esta sociedad, que pasan por la protección a la seguridad humana, de los recursos naturales, la independencia y fortalecimiento de la justicia, la efectiva redistribución de los ingresos, y una gestión gubernamental con la capacidad técnica para hacer un buen uso del dinero público.

El nuestro es un problema, en gran medida, de quienes toman las decisiones. No sólo asistimos a una hipócrita polarización de ideologías, a la limitada formación intelectual y técnica de nuestros liderazgos, a la ausencia de ejercicios democráticos al interior de los partidos políticos, sino también a la incapacidad de proyectar el país al futuro y tender los puentes necesarios para lograr los acuerdos que en principio permitan a El Salvador:

1. Diversificar el modelo productivo, transitando de la exportación de bienes primarios hacia la creación de alto valor agregado con procesos que exijan, cada vez más, una mayor cualificación de la mano de obra;

2. El fortalecimiento de la administración pública, con una regulación estricta que ordene los salarios y defina el acceso por capacidad y competencias en el Estado;

3. La definición de un amplio y participativo pacto fiscal sobre el uso que debe hacerse de los recursos públicos para atender amenazas como la desigualdad.

El Salvador debe renovar sus liderazgos. Quienes asumieron la conducción de la política hace más de 25 años entienden el país en blanco o negro, sus estructuras partidarias responden a una jerarquía militar, y sus orígenes se remontan a las atroces violaciones a los Derechos Humanos.

El contexto de estos líderes era, entonces, el de un conflicto civil armado anclado en la Guerra Fría. Su protagonismo tuvo sentido en ese marco, pero no ahora, mucho menos en el futuro. El Salvador de los próximos años necesita de referentes que entiendan que para resolver los problemas del presente y proyectarse hacia el futuro es necesario despojarse de las consignas del pasado, lo que no se traduce en perder el núcleo duro de principios, sino a la capacidad de integrarse en la diversidad de pensamiento, y entender que para que el país salga adelante es importante una visión de Estado, la que parte necesariamente de una agenda de consensos mínimos entre actores que interpretan de manera distinta la realidad.

La crisis de representación vigente en el mundo de hoy responde, precisamente, a la incapacidad de la política tradicional de comprender que la sociedad a la que representan ya ha cambiado. La política debe asumir que la revolución tecnológica y el acceso a la información ha moldeado en los últimos años a una masa crítica de ciudadanos con la capacidad de exigir cada vez más a sus líderes, y que si bien son conscientes que aún hay necesidades materiales básicas insatisfechas, sus demandas son cada vez más complejas.

Para El Salvador y el mundo 2017 representará un año de importantes desafíos ante la amenaza del creciente descrédito a las instituciones de la democracia liberal, y el ascenso de referentes con vocación autoritaria. Mantener vigente un sistema de representación que sea efectivo, y enmarcado en el respeto a los Derechos Humanos, pasa necesariamente por liderazgos que se encuentren a la altura de las demandas sociales en estos nuevos tiempos. Y yo creo que nos los tenemos.

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#2016