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“13 reasons why”: más allá de lo evidente

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Acerca de “13 reasons why” se ha escrito mucho en la internet, y basta con una pequeña muestra de lo que se dice para convencerse de que la serie de televisión —del catálogo de Netflix— tiene muchas más que 13 razones para engancharse de ella. Algunas saltan a la vista; otras aparecen de manera más “sutil”.


También es cierto que la serie tiene puntos negativos, pero son minoría en comparación con los aciertos. Sin embargo, alguien podría considerar un fallo grande la poca profundización en los motivos principales del personaje de Hannah Baker que la llevaron a un suicidio (no perdamos de vista tampoco que se trata de una serie televisiva, y no de una cátedra universitaria).

Si uno no intenta ver entre líneas, se siente tentado a creer que los motivos de Baker descansan en dos pilares que se repiten desde el primer episodio: el bullying y la incapacidad para comunicarse adecuadamente en el mundo en el que vivimos, especialmente entre los adolescentes. Estos elementos, por sí mismos, lucen exagerados al intentar explicar un suicidio, pero, ¿y qué tal si la protagonista estaba atravesando un episodio depresivo?

Es aquí justamente donde creo se encuentra la gran lección que puede dejarnos “13 reasons why”, en el desprecio que todavía existe al cuidado e importancia de la salud mental. La escasez de recursos para enfrentar la realidad de la salud mental individual y colectiva nos sobrepasa cada vez con mayor rapidez, mientras continúa el problema, y a la larga se agudiza.

En la medida en que los capítulos de “13 reasons why” avanzan es posible notar el deterioro de Baker. Sus conductas, sus esquemas de pensamiento, sugieren que podría estar a punto de entrar en un episodio depresivo; o que ya podría encontrarse en uno.

La depresión y el suicidio están íntimamente ligados. No en vano el pasado 7 de abril —que se conmemoró el Día de la Salud— la Organización Mundial de la Salud (OMS) escogió a la depresión como el tema de este año. Las cifras hablan por sí mismas. La OMS calcula que más de 300 millones de personas en el mundo se encuentran afectadas por este trastorno mental, que es además la principal causa de problemas de salud y discapacidad en todo el mundo. Entre 2005 y 2015, el número de personas que viven con depresión incrementó en un 18 %.

Las cifras y los datos que proporciona la OMS en su página web continúan y finalmente parecen concluir en una frase:

“En el peor de los casos, la depresión puede llevar al suicidio”.

No se trata de hacer hipótesis sobre cómo se pudo haber evitado el suicidio de Hannah Baker. Al final, es el personaje de una serie que fue adaptada de una novela de ficción para jóvenes adultos. De lo que se trata es de aceptar que no se ha tomado en serio el problema de la salud mental, especialmente en países como el nuestro. 

La falta de acceso a recursos relacionados a la salud mental, el estigma que la sociedad mantiene acerca de estos temas y de las personas que viven con una enfermedad como esta, y hasta la banalización del problema por parte de casi todos, permiten que la depresión y otro tipo de trastornos mentales tengan luz verde para avanzar.

El último de los síntomas del problema en nuestro país lo vimos recién a finales de marzo. Las organizaciones del Sistema Nacional de Salud presentaron una propuesta de ley de salud mental ante la asamblea legislativa. La noticia se conoció ese día, pero no ha generado mayores reacciones, una vez entrado el período vacacional.

La lógica indica que con los problemas del país, una ley de este tipo puede esperar un tiempo prudencial. La realidad señala que si bien una ley no soluciona el problema, abre posibilidades hasta ahora inexistentes, y su urgencia es más grande de lo que se cree.

A más de uno le costará creer esto, pero aunque el país salga del bache financiero en que se encuentra, el hoyo que nuestra sociedad cada día cava con más ahínco y que lo lleva a hundirse como nación en otras esferas, seguirá profundizándose si no toman medidas urgentes en el tema de salud mental, y eso es algo que también nos compete a todos como país.

Volviendo a “13 reasons why”, Tony —uno de los personajes más carismáticos y misteriosos de la serie— dice casi al final de esta una frase que tira luces:

“Nadie sabe lo que está pasando en la vida de otra persona”. 

La comunicación (en su sentido más amplio) es una herramienta vital para detener el crecimiento de este tipo de trastornos. ¿A nadie le pareció simbólico que en la única clase en la que coincidían todos los estudiantes protagonistas de la serie era la de “Comunicación”?

Más allá de aspectos técnicos y artísticos de “13 reasons why”, su valor radica en la posibilidad de ver un problema que en nuestro país crece de una manera silenciosa, pero veloz: los daños a la salud mental; y en pensar en lo que corresponde a cada uno para ayudar en este panorama.

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