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“Las estructuras políticas y judiciales que amparan la impunidad han encubierto toda verdad”

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El Arzobispo católico de San Salvador hizo pública su primera carta pastoral el 24 de marzo pasado, en ocasión de la conmemoración del trigésimo sexto aniversario del martirio de su antecesor más universal, Monseñor Óscar Arnulfo Romero, proclamado beato por el Vaticano el año pasado. La misiva de Escobar Alas es un poderoso documento que, además de recoger elementos esenciales de la doctrina romeriana, como la insistencia en abordar la pobreza y la exclusión a la hora de enfrentar las violencias que afectan a El Salvador, aboga sin equívocos por la justicia restaurativa relacionada a crímenes cometidos durante el conflicto armado de los 80. Contracorriente, el líder católico se opone a las élites políticas y económicas de El Salvador que durante dos décadas han optado por encubrir esos crímenes y a sus autores: “Nuestro país necesita ser saneado de las heridas del pasado… Sería muy bueno realizar juicios históricos… En orden a que otros no se sientan animados a cometer las mismas injusticias”, escribe el prelado. En la carta pastoral, un documento de 92 páginas titulado “Veo en la ciudad violencia y discordia”, Escobar Alas abunda sobre las que a su juicio son las causas históricas y recientes de la violencia homicida en El Salvador, y apela al buen juicio de su grey, pero también y sobre todo de los gobernantes, las cúpulas empresariales y los partidos políticos para atender el problema.


 

“Sé que para muchos iluminar la penumbra será doloroso porque la verdad no es fácil de aceptar, pero sí saludable…”

Es uno de los documentos más revolucionarios que se han escrito en los últimos meses en El Salvador sobre la violencia que desborda al país. En la carta, el arzobispo hace un repaso a las raíces históricas de la violencia, así como a sus consecuencias y expresiones actuales, y lo hace desde un discurso que pone en tela de juicio la narrativa oficial, esa según la cual los males que aquejan al país son, sobre todo, producto de grupos criminales de reciente formación, como las pandillas.

Sin demasiado aspaviento, pero con contundencia, el arzobispo de San Salvador reconoce que al país le falta conocer la verdad sobre los crímenes del pasado, los de la guerra, y los del presente, para empezar a construir lo que él llama “la pedagogía de la vida”.

Y sin equívoco el religioso pone también las principales dosis de responsabilidad de atender el problema entre los más favorecidos del colectivo, entre quienes han ostentado, por voluntad popular o por simple apropiación, el poder sobre el resto:

“No se trata de colores ni banderas ni de himnos de partidos; no se trata de intereses económicos en juego, mas sí de miles de vidas que están siendo cegadas”, escribe. Y dice también: “Es necesario que el Estado cree con ayuda del sector económico o empresarial fuentes suficientes de trabajo, acabando con las condiciones de exclusión social que tanto daño están provocando a nuestra gente, sobre todo a los más vulnerables: los pobres… A los que dirigen la política y la economía les ruego que no permitan la creación ni la pervivencia de estructuras injustas llenas de iniquidad que arrastran a los más pobres de los pobres al uso de la violencia”, razona el prelado en un apartado en el que, salvados los tiempos históricos, no cuesta leer las enseñanzas de Óscar Romero.

Monseñor Escobar Alas reconoce el peso del fenómeno pandillero en el mapa actual de violencia, pero lo pone en su justa dimensión:

“Otras formas de violencia se han agregado con el paso de los años, tomando una fuerza de tal envergadura que están provocando decenas de muertes diarias como si estuviéramos en medio de un campo de batalla. Sería este el caso de la violencia generada por distintos grupos delincuenciales tipificados como grupos terroristas que están llenando de zozobra al pueblo en general; aunque es palmario que no toda la violencia que inunda al país parte de ellos”.

Familiares del pandillero de Apopa esperan retirar el cádaver. Según ellos, el joven fue primero vapuleado y luego asesinado por la PNC, contradiciendo así la información policial.

Familiares del pandillero de Apopa esperan retirar el cádaver. Según ellos, el joven fue primero vapuleado y luego asesinado por la PNC, contradiciendo así la información policial. Foto de Frederick Meza.

Escobar Alas se refiere, sin decirlo explícitamente, a la tendencia actual del Estado salvadoreño de enfrentar la violencia de las pandillas con otra violencia, la que proviene de la fuerza pública. Ese afán, dice Monseñor, será al final inútil. “La violencia no engendra paz aun cuando se lucha por la liberación”, escribe el religioso parafraseando las conclusiones de los obispos católicos que, reunidos en Puebla, México, en 1979, abordaron las tendencias insurreccionales que recorrían América Latina en aquellos años. Escobar Alas acude a Puebla para, entre otras cosas, desmitificar el poder sanador del violencia institucionalizada con la que el colectivo, o el Estado como es el caso salvadoreño en la actualidad, pretende responder a la violencia criminal y social: “La violencia engendra inexorablemente nuevas formas de opresión y esclavitud, de ordinario más graves que aquellas de las que se pretende liberar”.

Al final, el arzobispo hace suya la tesis de que la exclusión es la principal generadora de violencia, sin que por ello la justifique, ni a quienes, como las pandillas, optan desde la marginalidad por utilizarla como herramienta para salir de esa exclusión, para arañar el poder que otorga saberse dueños de la capacidad de matar sin consecuencias. “Estos grupos, casi siempre excluidos por los estilos de liderazgo político o económico, recurren a métodos violentos que lejos de humanizarles terminan deshumanizándolos todavía más”, escribe Escobar Alas.

Pero, enseguida, la carta pastoral también pone en su justo lugar la dimensión criminal de las pandillas, que es a estas alturas su principal rasgo constitutivo.

Los delincuentes, escribe Escobar Alas, “dirigen sus ataques a la población más desprotegida (entre los cuales habría que incluir a los miembros de la Policía o la Fuerza Armada que han sido asesinados mientras descansaban en sus hogares, no en el ejercicio de sus funciones). Matan a cualquiera, por medios muchas veces macabros, y su intención final no es imponer un estado de derecho que beneficie a las mayorías, sino un derecho de Estado que les beneficie.”

Las pandillas, concluye el Arzobispo, no se diferencian demasiado de otros grupos violentos en tanto colectivo “luchando por sobreponerse a otro aunque eso implique matar a sus hermanas y hermanos más vulnerables.”

Llamado a enjuiciar los crímenes del pasado

La impunidad es un tema transversal en la carta pastoral. Escobar Alas la cita no solo como una de las causas fundacionales de la violencia, sino como uno de los principales impedimentos del país en la consecución de una paz duradera. El prelado entiende la impunidad como la falta de justicia y, citando a San Agustín y en clara referencia a los que en el país se oponen a arrojar luz sobre los crímenes del pasado, el arzobispo argumenta que no hay paz posible sin justicia: “Acaso tú quieres una y no practicas la otra, pues no hay nadie que no quiera la paz, pero no todos quieren actuar la justicia”, cita el religioso el Salmo 84.

En este tema, el de la cultura de la impunidad en El Salvador, Monseñor Escobar Alas es muy claro al relacionar la falta de esclarecimiento de los crímenes cometidos durante la guerra civil con las fallas institucionales y la decadencia moral del Estado salvadoreño, obstáculos ambos en el camino actual a la erradicación de la violencia. Escribe el arzobispo:

“No hubo reconciliación entre las partes enfrentadas porque la polarización ondea en pie de lucha; los familiares de las víctimas no fueron resarcidos de sus heridas porque estos crímenes siguen impunes; y no hubo reconciliación entre las generaciones que participaron en el conflicto armado y las posteriores…

“Y es precisamente esta impunidad –entendida como encubrimiento y no reconocimiento de la verdad- la que impide a las generaciones adultas tener solvencia moral para educar a las nuevas generaciones que han encontrado en la impunidad el parapeto perfecto para continuar con la violencia. En el país no ha habido moralidad porque la impunidad, con las estructuras políticas y judiciales que la amparan, han encubierto toda verdad.”

Una patrulla de soldados monta guardia en la Comunidad San Felipe, en San Bartolo, Ilopango, zona controlada por la Pandilla 18.

Una patrulla de soldados monta guardia en la Comunidad San Felipe, en San Bartolo, Ilopango, zona controlada por la Pandilla 18. Foto de Frederick Meza.

El país, dice Escobar Alas, necesita “ser sanado desde su pasado”. Quienes piensan que el camino es la ocultación de esos crímenes porque auscultarlos es contradictorio con la paz se equivocan, se deduce de las palabras del líder católico: “Las víctimas siguen clamando por justicia aun cuando algunos pregonen que esa página ya fue volteada. ¡Sí! Volteada para los victimarios mas no para las víctimas. En la actualidad, la impunidad ondea su bandera sobre las víctimas augurando su victoria a los victimarios…”

No es banal lo que dice el arzobispo en momentos en que el pleno de la Corte Suprema de Justicia se dispone, una vez más, a cerrar las puertas a la justicia en el caso de la masacre de seis sacerdotes jesuitas y dos de sus empleadas. Y no es banal en momentos en que crecen las denuncias contra la fuerza pública por supuestos abusos –torturas, desapariciones, ejecuciones extrajudiciales– en la guerra que sostiene contra las pandillas.

En febrero pasado, luego de que una jueza estadounidense aprobará la extradición del coronel Inocente Orlando Montano para que responda en España por la masacre de los jesuitas y sus dos empleadas, El Salvador volvió a escuchar el argumento ese de que mejor olvidar y echar tierra a los crímenes del pasado. Esta vez, además de los usuales columnistas de los periódicos que llevan defendiendo el encubrimiento dos décadas, se unió al coro el gobierno del FMLN en voz del vicepresidente Óscar Ortiz, quien dijo: “todos debemos generar un ambiente tranquilo, un ambiente que nos permita consolidar esto que comenzó en el año 1992”.

“Sé que para muchos iluminar la penumbra será doloroso porque la verdad no es fácil de aceptar, pero sí saludable”, responde José Luis Escobar Alas.

Con impunidad, sin verdad, sin justicia, dice el arzobispo, no hay “ambiente tranquilo” posible que permita consolidar la paz; al contrario: “En un Estado que permite la impunidad, y muy en especial después de los Acuerdos de Paz, será muy difícil hablar de un estado de paz. Hay víctimas que resarcir, heridas que sanar, hechos que esclarecer, victimarios que conocer. Solo la aplicación de la justicia podrá darnos como fruto la paz.”

Los llamados del arzobispo

Es este un documento lúcido, valiente. El arzobispo ha optado, desde su condición de líder, por no guardar silencio. Y, cuando escribe, lo hace con claridad, con vehemencia. Su carta pastoral concluye con una serie de llamados a las élites salvadoreñas, las políticas y económicas, pero también a las instituciones y a la sociedad en general.

A los ricos:

“Quizá esto requiera que las clases sociales con mayor nivel económico tengan que prescindir de los niveles de ganancia percibidos hasta ahora. Quizá tengan que prescindir de ciertas comodidades que han fomentado, pero redundará en un bien para la nación: evitar una posible guerra social.”

“Rogarles por una economía más solidaria, no del derroche, y a contrapelo con los modelos neoliberales que permiten la acumulación de riqueza en pocas manos. Creen más plazas de trabajo en lugar de aumentar los despidos.”

A los jueces de la República:

“Que no permitan la impunidad ni la injusticia en ninguna de sus formas… Estas prácticas solo hacen perder credibilidad en ustedes y anima a otros a la comisión de delitos.”

A los gobernantes y a la clase política:

“Que no se sumerjan en conflictos partidistas o ideológicos entre ustedes; velen por el bien común, por el bienestar de las grandes mayorías.”

A los cuerpos de seguridad:

“Que vigilen que la injusticia no penetre sus filas y no permitan la corrupción entre sus miembros.”

José Luis Escobar Alas, arzobispo de San Salvador, termina su primera carta pastoral como la inicia: pidiendo la intercesión del Beato Monseñor Óscar Romero, quien, dice, “es la maravillosa luz que alumbra nuestro camino”.

Foto principal de Salvador Meléndez: el arzobispo José Luis Escobar Alas.

 

Lea también:

La Carta Pastoral del Arzobispo (de José María Tojeira)

 

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